Anotaciones FAES 84
No bastan los enjuagues con los enemigos de la nación y del orden constitucional, la colonización del Estado o el nepotismo lupanario. No es suficiente emascular el Parlamento y gobernar sin Presupuestos para que una política de expolio fiscal escarnezca aquello de “no hay imposición sin representación”. No solo hay que difamar a jueces y periodistas y ciscarse en la separación de poderes. Para que la demolición sanchista sea completa, había que desencajar a España de su matriz occidental y reubicarla –como apuesta estratégica– en el “lado correcto de la historia”, en el que, por lo visto, tiene asiento preferente la República Popular China.
Así que ahí tenemos a Sánchezrepitiendo peregrinación asiática: la cuarta ya en cuatro años. El hombre que asaltaba ancianos presidentes yanquis de camino al lavabo para arrancarles monosílabos, el mismo que limitó su agenda a dos visitas oficiales a los Estados Unidos y a quien se da esquinazo en toda cita europea donde se cocinen decisiones estratégicas, ha decidido –por sí y ante sí– que a España le sienta mejor subordinarse a China que conservar un átomo de influencia occidental.
La excusa de la conveniente relación económica cae por su propio peso: durante el sanchenato, nuestro déficit comercial con China no ha dejado de aumentar en cantidad (más que duplicándose las exportaciones chinas) y calidad (importamos bienes de equipo y tecnología, exportamos porcino): incluso se ha ignorado la advertencia –y el veto– de la Unión Europea sobre riesgos de seguridad asociados a compañías chinas vinculadas al control del PCC. Eso sí, pueden presumirse espléndidas oportunidades de negocio para tanto lobista que inspira y acompaña la operación. Conviene no descuidar tampoco que China, en su acción exterior, emplea el «poder incisivo» (sharp power): su capacidad de influencia cultural, educativa y mediática. En Estados con sistemas institucionales debilitados, esa forma de penetración encuentra facilidades añadidas. Es ahí, sobre todo, donde China se exhibe como alternativa y ejemplo: como una fórmula de gobierno expeditiva hasta lo autoritario, al margen de valores liberales.
En este sentido, la España de hoy puede ser vista como terreno abonado. Y ya que hablamos de comercio internacional, no descuidemos aquí el principio de reciprocidad: ¿cómo no habría de ser para Sánchez la China de Xi un espejo donde mirarse? Enriquecimiento rápido y pacifismo retórico, sin contrapoderes ni fastidiosas trabas parlamentarias; como un Comité Federal a lo grande y sin cortinillas:qué tíos, los chinos, no les hace falta ningún Koldo en los recuentos…
Por su parte, Pekín ya está comercializando su particular rollito de primavera: Sánchez como referente pacifista, aliado de China y de lo que el régimen chino (candidato al liderazgo mundial en ejecutar opositores) representa y defiende: los derechos humanos, la legalidad internacional y blablablá… En esta reconfiguración del orden mundial, en nuestro presente, abonado –guste más o menos– al crudo realismo, suele citarse con reiteración una vieja advertencia: “si no estás en la mesa, estás en el menú”. Con Sánchez, hace tiempo que dejamos de estar en la mesa. Y lo peor es que, por su torpe irresponsabilidad, España acabe –como simple aperitivo– en el menú.