Anotaciones FAES 92
El 4 de julio de 2026 se conmemora el 250 aniversario de la Declaración de Independencia y, por lo tanto, de los Estados Unidos de América. Pocos países pueden afirmar saber con tanta exactitud cuándo nacieron. Hasta ese momento, no existía precedente alguno de un pueblo que declarara al mundo las razones para independizarse. La Revolución Americana proclamó una serie de verdades universales y quiso fundar una nueva nación sobre esas afirmaciones.
Los Estados Unidos conmemoran ese momento fundacional manteniendo su hegemonía global –si bien crecientemente amenazada– y su dinamismo social – si bien enfrentando una polarización inédita–. Será un buen momento para reflexionar sobre el significado profundo de la Revolución Americana. Como jalón inicial del constitucionalismo histórico la lección que brinda es, en cierto sentido, universalmente aprovechable. Irving Kristol la calificó como una «revolución de expectativas sobrias». A diferencia de la Revolución Francesa, inspirada en utopías radicales, la estadounidense se centró en conservar la libertad, limitar el poder del gobierno y proteger los derechos individuales. En su ensayo de 1973, The American Revolution as a Successful Revolution, Kristol argumentó convincentemente que la gesta de 1776 triunfó porque no intentó transformar la naturaleza humana. Mientras que otras revoluciones modernas derivaron en el terror y el autoritarismo al perseguir una perfección inalcanzable, los Padres Fundadores crearon una república basada en la razón, la moral común y el autogobierno. La Revolución Americana fue exitosa y ejemplar porque logró establecer una sociedad libre y próspera manteniendo un equilibrio razonable entre tradición y modernidad.
Es lástima que el presidente Trump, en el marco de estas celebraciones, no haya elevado el tono prefiriendo deslizar alusiones desatinadas sobre la guerra que enfrentó a España con los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Es un grave error confundir naciones y gobiernos, trayectorias históricas y controversias puntuales. Puestos a escoger referencias históricas, hubiera sido mucho más procedente recordar la decisiva ayuda española a la independencia de las trece colonias. Ayuda militar y económica: Aranda puso a disposición de los insurrectos norteamericanos un millón de libras tornesas. Gálvez, gobernador de Luisiana, abasteció a George Washington y dirigió una campaña decisiva contra los británicos en el Golfo de México (tomando Baton Rouge, Mobile y Pensacola en 1781), lo que evitó que los insurgentes quedasen rodeados.
250 años después, España y los Estados Unidos son naciones atlánticas y aliadas, comparten valores y civilización y su alianza debería entenderse en un plano superior al de sus respectivos gobiernos, transitorios por definición, puesto que hablamos de democracias.
Para ilustrar la efeméride con citas históricas, hay a disposición de cualquiera de buena fe unas cuantas, todas ellas mucho más oportunas que la elegida por Trump para referirse a España. Por ejemplo, el inicio de nuestras relaciones diplomáticas con los Estados Unidos: la entrevista del 29 de diciembre de 1776 entre los tres Comisarios –Franklin, Deane y Lee– y el embajador de España en París, conde de Aranda, cuando, según decía este en el informe a su Gobierno, “aún no eran (los americanos) dueños pacíficos de su libertad”. Algo hizo España al respecto, como apuntamos arriba, y años después, siendo ya independientes los Estados Unidos, Thomas Pickney y Manuel Godoy firmaban el Tratado de San Lorenzo el Real, cuyo artículo primero dice así: “Habrá una paz sólida e inviolable, y una amistad sincera, entre Su Majestad Católica, sus sucesores y súbditos, y Los Estados Unidos y sus ciudadanos, sin excepción de personas y lugares”. Que así sea.