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¿Por qué no te callas?

Anotaciones FAES 94

La teatralidad es ingrediente esencial de los liderazgos populistas, siempre tentados de histrionismo. Donald Trump, haciendo bueno lo de que “la mejor manera de evitar la tentación es caer en ella”, ha vuelto a representar su papel de histrión impertinente en Ankara. En esta cumbre OTAN ha habido para todo el mundo –Groenlandia, Canadá, Meloni… –, con mención especial a España. Y esto es lo grave: que para Trump no haya mucha diferencia entre España y su Gobierno; al menos, no en sus invectivas. Tampoco es que vea demasiada diferencia entre los Estados Unidos y su persona; el populismo tiene mucho de sinécdoque política, de tomar la parte por el todo, y ahí Sánchez podría “empatizar” con Trump: su confusión entre partido, Gobierno y Estado resiste cualquier parangón.

Trump será único ofendiendo y sembrando la confusión, pero, como los vulgares matones, resulta poco resolutivo: ya no cuela su táctica de bocazas interruptus. Llamado a un liderazgo global, en su propia casa empiezan a llamarlo TACO (Trump Always Chickens Out). Su política de improvisaciones y bandazos en Irán es la peor concreción de ese acrónimo denigrante. A Trump le queda grande la chaqueta de comandante en jefe del mundo libre.

Cierto que Europa tiene mucha tarea pendiente. Es hora de atender realidades postergadas durante demasiado tiempo: una geopolítica crecientemente peligrosa, capacidades militares insuficientes para afrontar amenazas explícitas, en fin, todas las consecuencias implicadas en este brusco regreso de la historia. Y España tampoco puede permitirse el lujo de que su Gobierno juegue a rentabilizar antagonismos con el presidente de la primera potencia mundial.

Porque Sánchez también tiene mucho de TACO, o como se dice por aquí, mucho lirili y poco lerele.  Pronto le veremos mitineando por esos pueblos de Dios, azuzando la Santa Cruzada antitrumpista en un tono muy distinto al usado en Ankara. Allí nos ha salido muy manso mientras Trump le insultaba no a él, sino a España. Nada que ver con Meloni. Se puede ser aliado y hacerse respetar, como ha demostrado la italiana. No consentir ofensas es algo muy distinto de aprovecharlas en beneficio propio.

Por lo demás, Sánchez tiene pendiente explicar –donde procede, en el Congreso– en qué consiste esa “redención” de la que habla Trump, haciendo alusión a “numerosos pagos” a los que el Gobierno habría accedido. No se puede jugar a halcón en los reservados y paloma en las plazas, Patton en Ankara y Gandhi en Madrid. Lo de firmar una cosa y anunciar otra empieza a ser otra rutina peligrosa para el interés nacional y la credibilidad de España.

Ya sabíamos que el Gobierno solo es coherente y leal con sus técnicas de propaganda; una de sus favoritas es la del espejo, de la que abusa sin reparo, proyectando en el otro sus propias taras. Acaba de volver a hacerlo al describir así la actitud de Trump en Ankara: “Previsible: barbaridades fuera y dentro nada de nada, ningún reproche”. Sánchez, tan dado a promocionar música indie en las redes cuando el fango aprieta, ha perdido una ocasión de oro para, en vez de parlotear sobre fútbol y golf, haber dedicado a su amigo Donald –en directo, de number one a number one–, con ironía patriótica, un clásico de The Smiths que también puede hacer suyo, especularmente, porque le cuadra: Bigmouth strikes again.

Sánchez y Trump, modelos de liderazgo populista, cultivan una hostilidad retórica en función del escenario, porque conviene a su manera de hacer política, un teatro urdido de cara a la galería. Poco les importa que esa práctica mezquina no convenga en absoluto a la OTAN, a los Estados Unidos ni a España.