¿Desde cuándo echamos de menos a Adolfo Suárez?

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Cualquiera que haya vivido el tiempo de la Transición española recordará con nostalgia una época donde las dificultades, que no eran pocas, se sobrellevaban con la ilusión de que las cosas se estaban haciendo bien. A diferencia de ocasiones anteriores, los errores del pasado, que habían hecho efímera la democracia española, se conocían y se tenían muy presentes, y había una firme voluntad mayoritaria de no repetirlos. Como dijo Suárez, dominaba el propósito de que la convivencia fuera no un paréntesis sino algo duradero.

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Ángel Rivero. Universidad Autónoma de Madrid

 

Cualquiera que haya vivido el tiempo de la Transición española recordará con nostalgia una época donde las dificultades, que no eran pocas, se sobrellevaban con la ilusión de que las cosas se estaban haciendo bien. A diferencia de ocasiones anteriores, los errores del pasado, que habían hecho efímera la democracia española, se conocían y se tenían muy presentes, y había una firme voluntad mayoritaria de no repetirlos. Como dijo Suárez, dominaba el propósito de que la convivencia fuera no un paréntesis sino algo duradero.

Sin duda estas convicciones eran de toda la sociedad española y de ahí que triunfaran. Pero si el éxito colectivo no puede ignorarse, tampoco puede menospreciarse el valor de sus protagonistas individuales. En primer lugar del Rey de España, que quería una España moderna y democrática; y puso toda su inteligencia y su extraordinario atractivo personal para que la empresa triunfara. Pero también el mérito es de Suárez cuya simpatía, inteligencia y no menor encanto personal utilizó sin límite para construir una democracia basada en la concordia.

Muchas veces se ha querido empequeñecer la figura de Suárez atendiendo a su currículo académico o a la debilidad que mostró en el control de su propio partido. Pero quizá se ha recordado menos sus extraordinarias virtudes políticas, esto es, su elocuencia, su capacidad para concertar mediante la persuasión lo que parecía imposible. Suárez hizo que la desconfianza en la democracia de militares y burócratas del antiguo régimen se tornara en compromiso con la libertad. Y no solo hizo posible que el Partido Comunista se legalizara, sino que contribuyó sin duda a su modernización y a su democratización. Porque el afán de concordia de Suárez actuaba como un mecanismo que exigía a los adversarios compromiso y no enfrentamiento.

Si echamos de menos a Suárez desde hace tiempo es porque tras él y los políticos de su generación que participaban de esta empresa, llegaron otros que para resaltar su propia figura decidieron empequeñecer la obra de los que les habían precedido. Entonces la política que busca la concordia fue sustituida por una política ríspida donde la concertación se hizo pasar por un pacto inconfesable de silencio y donde tratar al adversario como conciudadano se hizo equivalente a traición a la propia ideología. Lo que ocurrió fue, en definitiva, que la ideología se hizo pasar por política y la nobleza de la política como instrumento de la concordia quedó olvidada. Por eso echamos de menos a Suárez desde hace tanto tiempo.

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