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Editorial FAES | Enhorabuena, Majestad

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Al cumplirse los diez primeros años de vuestro Reinado, queremos sumar nuestra felicitación a la de tantos españoles que celebran la consolidación en vuestra Persona de la Monarquía que devolvió España a los españoles. 

Le damos la enhorabuena, señor, por una década de servicio ejemplar. Anunció entonces “una Monarquía renovada para un tiempo nuevo” y transcurridos diez años somos testigos del cumplimiento de la promesa.

El desempeño irreprochable en vuestra misión constitucional: encarnar la unidad y la continuidad de la Nación, brilla especialmente cuando el sacrificio en aras de valores intangibles hace pesar a la Corona como un deber, para mentís de los que quisieran verla reducida al uso más o menos rutilante de un adorno prescindible.

Habéis querido ser, como vuestro padre, “Rey de todos los españoles” y por eso hoy, todos ellos, saben que pueden reconocerse en la Institución que encarnáis con una dignidad a la altura de las circunstancias.

Una Monarquía no se inventa. España tiene una tradición que integra la casi totalidad de su historia. Interrumpida en el pasado siglo, todos los ojos se volvieron a la Monarquía como la única fórmula viable de superar definitivamente la discordia que culminó en la guerra civil y se prolongó indebidamente durante decenios. La Corona fue entonces motor del cambio, mediante la reconciliación nacional, hacia una convivencia democrática en paz y libertad de la que sigue siendo, hoy, la mejor garante.

Hace diez años, con motivo de la sucesión en la Jefatura del Estado, los españoles comprobamos también que la Corona debe su poder, longevidad y potencial estabilizador al mecanismo institucional de su transmisión legal y reglada. La ciudadanía tuvo ocasión de constatar que la Jefatura del Estado en una Monarquía parlamentaria es un cargo –una carga, tantas veces– antes que un individuo; una institución que dura tanto como el propio Estado.

Y es que la Corona simboliza el más importante de todos los hechos políticos: que nuestra lealtad fundamental, la que está presupuesta en toda elección democrática, haciéndola posible, es una lealtad que no elegimos. Lo que se recibe con la Corona no es la investidura de ningún poder sino la atribución simbólica de una autoridad que encarna la voluntad de vivir y permanecer de toda la nación; la de todos en general, la de nadie en particular.

Por eso en nuestro sistema constitucional un Rey de España carece de poder político. Y, sin embargo, lo que aporta es sumamente valioso; en ocasiones, decisivo. En un mundo afectado por la discontinuidad y la provisionalidad, la Corona significa continuidad y coherencia. La ausencia de poder político del Rey subraya la importancia de su permanencia, frente a la transitoriedad y necesaria variación de la vida política, especialmente cuando es verdaderamente democrática.

En una novela de Balzac, hablando uno de sus personajes de la Restauración, ocurre este pasaje: “Cuando los reyes tornaron, volvieron trayendo la rama de olivo, la prosperidad de la paz; y salvaron a Francia, una Francia ya despedazada… Aun detestando a los reyes, hemos de morir defendiéndolos en el atrio de sus palacios, porque un rey somos todos nosotros, un rey es la patria encarnada…” Mejor que para describir la Francia de comienzos del siglo XIX podían haberse escrito esas líneas para retratar la España de finales del XX, la de hoy y la de pasado mañana.

Señor, enhorabuena en el décimo aniversario de vuestra Proclamación como Rey. Desde aquí deseamos para España muchas décadas como esta, en lo que ha tenido de probidad y prestigio en la Jefatura del Estado. Y para Vos, por la misma razón, larga vida y feliz Reinado.

¡Viva el Rey! ¡Viva España!