El curso

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El final de verano ha traído dos noticias que, según algunos medios, han provocado “euforia” en las filas socialistas. La primera, convalidación del decreto-ley energético -que sea de ahorro, está por ver- y la segunda, la confirmación de que Pedro Sánchez celebrará hasta 20 actos políticos por toda España de aquí a fin de año.

A pesar de los esfuerzos por sacar lucimiento a estos episodios, lo cierto es que la “euforia” que algunos atribuyen a los socialistas no parece que esté suficientemente justificada.

Que Sánchez se vaya a dedicar a hacer campaña electoral adelantada con una agenda tan intensa sólo confirma que el PSOE y el Gobierno de coalición se encuentra en una situación tan difícil y con expectativas tan sombrías como las que reflejan de manera consistente todas las encuestas. El éxito parlamentario con el decreto energético sólo confirma el fracaso político de un partido -el PSOE, y un dirigente -Pedro Sánchez- sin más opción que presentarse a las próximas elecciones generales como el candidato oficial de su partido y el candidato real de ERC y Bildu a la presidencia del Gobierno del país que ambos quieren destruir. Dicho en otros términos, los españoles ya saben que si después de unas próximas elecciones los números cuadran, Sánchez gobernará con el apoyo – y con el precio- de Otegui y Junqueras y que, por esa misma razón, a su vez, Otegui y Junqueras quieren que gobierne Sánchez. Así ha ocurrido, y así ocurrirá si Sánchez puede, no porque el PSOE se vea obligado a esos pactos sino porque son los pactos que quieren para poder llamarse progresistas, aunque ese progresismo incluya a sediciosos convictos y herederos de ETA que en estas semanas de verano han vuelto a dejar claro que no condenan la violencia terrorista, tampoco las agresiones en fiestas a jóvenes del Partido Popular o miembros de la Policía autónoma vasca.

Y en estas circunstancias los estrategas socialistas creen que lo que hace falta es aumentar la dosis de Sánchez. No se dan cuenta de que no se trata de aumentar la dosis sino de cambiar el tratamiento. Otra cosa es que, a estas alturas, no quieran ni puedan hacer más que administrar dosis de caballo de sanchismo, mucho menos si hablamos de un PSOE que se ha degradado hasta convertirse en mero instrumento personal de Sánchez y como tal queda expuesto a sufrir la suerte que éste siga en el futuro. Tal vez no recuerdan que la agobiante exposición televisiva de Sánchez durante la pandemia, utilizando todos los registros retóricos para presentarse como debelador del virus, produjo unos resultados más bien mediocres. Es dudoso que ahora produzca mejores resultados la letanía de medidas que Sánchez enumerará en sus mítines y menos aún los insultos al líder de la oposición. Cuando la inflación sigue firmemente instalada por encima del 10%, medidas como las que adopta el gobierno tienen el mismo efecto que una gota de agua en una plancha caliente. Que la inflación subyacente, la que no incluye energía ni alimentos, alcance el 6,4% debería ser más que una llamada de atención una sonora alarma.

Pero nada de eso entra en el mundo de Sánchez, un mundo autorreferencial, obsequioso con aquellos con los que quieren romper España -como decían antecesores no tan lejanos del dirigente socialista- y de los que él decía que le producirán insomnio. Un mundo de confrontación sectaria y pulsión por el poder del que España saldrá con una inmensa tarea de reparación por hacer.