El enemigo en tu jardín

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on whatsapp
Share on linkedin

Uno de los fenómenos políticos más llamativos de los últimos años es la simpatía exhibida por cierta derecha europea hacia Vladimir Putin. Será por el antiamericanismo característico de esa corriente; será por la pretensión de ver en él la expresión vigorosa de un conservador “auténtico”: como si perseguir a las Pussy Riot o amalgamar el Estado ruso con la Iglesia ortodoxa fueran ejercicios de conservadurismo “sin complejos” y autenticidad desinhibida.

Abismal confusión. O confusionismo interesado. Putin es un autócrata mafioso, un gánster pragmático. Resulta absurdo que su retórica sobre la decadencia occidental pueda seducir a cualquiera, por mucho que se deploren los excesos de la izquierda woke y el reblandecimiento de la fibra moral de nuestras democracias. Porque Putin, como los oligarcas de su séquito, es un ápice decadente; el sucesor y legatario de un régimen como el soviético, hostil por principio a cualquier forma reconocible de moral.

Por eso resulta igualmente llamativa la precipitada improvisación de los denigradores profesionales de la Transición española, que al tiempo que impugnan nuestra democracia como heredera del legado franquista, permanecen voluntariamente ciegos ante las acciones de un oficial de la KGB haciendo lo que mejor sabe hacer, por haberlo practicado durante toda su vida. Debe tranquilizarles dar por buena la mercancía averiada del viejo espía soviético travestido en versión 2.0 del zar Pedro I. Son ejercicios de hipocresía en que coinciden, una vez más, un ministro como Alberto Garzón y un parlamentario europeo como Pernando Barrena.

Concedamos, sin embargo, que Putin pueda enseñarnos algo. Tal vez a enfrentarnos con la realidad; quizá nos haga despertar de algunos sueños utópicos. Los totalitarismos del siglo XX eran fruto de ideologías utópicas. Su legado, puede sostenerse, ha tenido una vigencia paradójica. Derrumbado el imperio soviético, sobre sus cascotes se construyeron teorías sobre el “fin de la historia”. El viejo sueño del mundo reconciliado definitivamente, el paraíso en la tierra, la paz perpetua. Si el marxismo, cuya materialización acababa de colapsar, había nacido del hegelianismo “de izquierda”, un cierto hegelianismo “de derecha” parecía tomar el relevo para seguir insistiendo en que la Historia -con mayúscula- tiene partitura y en 1989 estábamos asistiendo a sus últimos compases.

Desgraciadamente, los sueños de la humanidad no están sintonizados. No todos soñamos los mismos sueños. Los de Putin y los de otros, en vastas zonas del planeta, no son los nuestros. En cualquier caso, todas las utopías son inservibles; ninguna hace presa en la realidad. Pero pensar utópicamente, sin embargo, sí tiene consecuencias muy reales. Si nos negamos a aceptar que otros entes políticos (nada ‘posthistóricos’) tienen intenciones agresivas, descuidaremos nuestras defensas y la oportunidad de la paz en el mundo no habrá avanzado un milímetro.

Olvidar la posibilidad conflictiva de las relaciones humanas, creer que la diplomacia y el comercio sustituirían definitivamente el peligro inherente a la existencia política, confiar en que, en palabras de Ulrich Beck, “convertiríamos a los enemigos en vecinos”, nos ha preparado mal para este “regreso de la historia”. Nos encuentra dependientes en exceso de enemigos potenciales y sorprendidos por el despliegue de una mala fe que desarma nuestra cultivada ingenuidad. Una dosis algo mayor de realismo resulta mucho más tónica y efectiva a la hora de evitar, cuando es posible, o afrontar, cuando resulta inevitable, la realidad de la guerra.

El angelismo de ciertos discursos que se escuchan evoca una escena que tuvo lugar en La Sorbona en 1965. Julien Freund defendía su tesis sobre “la esencia de la política” ante un tribunal del que formaba parte Jean Hippolyte, filósofo hegeliano y pacifista. También estaba presente Raymond Aron, director de la tesis. Fue este quien dio la palabra para su defensa a Freund, en estos términos: “Saludo al señor Freund, que va a defender ahora su tesis, a mi juicio genial. Quisiera subrayar igualmente que el doctorando es un resistente. Que un resistente haya podido escribir una tesis como esta es extraordinario. Les pido por eso que se pongan en pie”.

Freund arrancó así su exposición: “El trabajo que tengo el honor de someter a su aprobación nace de una decepción superada. Una decepción de la que no hago responsables a los demás, sino tan solo a mi propia capacidad de ilusión. Mi decepción se alimenta de mis experiencias de la Resistencia, es decir, las del tiempo de la ocupación y la liberación, pero también de las vividas en la modesta actividad política y sindical en la que me he ocupado algunos años”. Poco después interviene Hyppolite considerando que el doctorando ha sido demasiado severo con Kelsen y aborda su principal discrepancia con la tesis: “Queda la categoría del amigo y el enemigo definidora de la política. Si realmente usted tiene razón, solo me queda cultivar mi jardín”. Replica Freund: “Escúcheme, señor Hyppolite, ha dicho usted hasta en tres ocasiones haber cometido un error a propósito de Kelsen. Me parece que va a cometer un nuevo error, pues, como todos los pacifistas, piensa que es uno mismo quien designa al enemigo. Su razonamiento es que si no queremos enemigos, no los tendremos. Pero es el enemigo quien le designa. Y si este quiere que usted sea su enemigo de nada servirá la más hermosa profesión de amistad. Si él decide que usted sea su enemigo, lo será cuando él quiera. Y desde luego no le permitirá cultivar su jardín”. Hyppolite contestó: “En suma, solo me queda el suicidio”. Respuesta coherente del pacifismo incondicional: un utopismo que prefiere perecer antes que concebir la posibilidad misma de tener un enemigo y la consecuente necesidad de aprestarse a la defensa.

La guerra es una permanente posibilidad de la existencia humana, trágica por naturaleza. Es tan duro como doloroso, pero vivir de cara a la verdad, rechazar toda farsa, es lo propio de una vida auténticamente humana. Abramos los ojos: el enemigo ha llegado a nuestro jardín.


Vicente de la Quintana es analista, escritor y colaborador de FAES.