Anotaciones FAES 83
El marxismo-leninismo fue combinación de una teoría –achatarrada desde que se formuló– sobre el valor-trabajo y la “plusvalía capitalista” y una praxis revolucionaria que encomendaba la construcción de la sociedad sin clases a una aristocracia militante. El experimento se saldó arrojando un abrumador balance de miseria y terror durante el siglo XX. La coordinación descentralizada de la competencia capitalista demostró ser capaz de producir riqueza en contextos democráticos, mientras la planificación centralizada imponía violentamente la penuria en infiernos totalitarios.
El experimento se hizo y costó millones de vidas. Pero la lección solo se aprovechó a medias. El comunismo es proteico y lo de la vanguardia revolucionaria resulta demasiado tentador para la mediocre ambición de tanto fracasado. Abolir el Estado mediante una “dictadura del proletariado” en manos de una nomenklatura cooptada es una paradoja criminal destinada a seducir temperamentos despóticos. Todo esto cobra rabiosa actualidad con el sainete de la flotilla fletada por multimillonarios zurdos para vacacionar en la satrapía de los Castro-Díaz Canel; confirmando, una vez más, que a la Cuba comunista solo van los que antes de ir ya tienen comprado su billete de vuelta; la cosa siempre fue así: mientras el pijerío progre peregrinaba en business para el negocio y el relax, los cubanos huían en balsa para ser libres y salvar el pellejo.
Pablo Iglesias vuelve a tener valor de síntoma. Y no por falta de coherencia. En Vallecas y en Somosaguas, en el consejo de ministros y en la taberna Garibaldi, en la cátedra y en la plaza, siempre se ha dedicado a lo mismo. “A cada uno según sus necesidades” y las de Pablo son muchas. De modo que nada mejor que dedicarse a la verdadera praxis neocomunista: antes que “expropiar a los expropiadores”, expoliar a los expoliados. Al fin y al cabo, en el combate por la igualdad nunca estuvo claro si resultaba posible igualar a los igualadores. Así que ni siquiera se “cabalgan contradicciones” cuando se pontifica en pro de la “democracia” y “los de abajo” mientras se adula al tirano que te alberga en hoteles de lujo.
Realmente, resulta demasiado, incluso para algunos personajes. Y como a la hipocresía añaden cursilería, encima hay que soportar el escarnio amenizado con trovas de Milanés y versos de José Martí, el poeta profanado por el castrismo, el mismo que cantó que la patria debe ser, “dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie”. A Pablo Iglesias y a su sentina les encaja mucho mejor aquel epigrama de Manuel del Palacio:
«¡Igualdad!», oigo gritar
al jorobado Torroba.
Y se me ocurre pensar:
¿Quiere verse sin joroba,
o nos quiere jorobar?