Anotaciones FAES 87
La abrumadora serie de escándalos que encenaga la vida pública tiene un hilo conductor; el criterio último que orienta la acción del Gobierno tiene una clave. Ese hilo y esa clave son la misma cosa: el interés particular del individuo que atiende por Pedro Sánchez. Las evidencias se muestran, no se demuestran. La Prioridad Personal de Pedro (PPP) es un axioma mil veces operante en la política española, pero, estos últimos días, se revela con singular crudeza, hasta para los incondicionales más impermeables al argumento.
Hay tugurios a cuya cocina es mejor no acercarse, aunque haya que frecuentar figones baratos. Lo mismo pasa con el PSOE: hay Comités Federales que fuera mejor no haber visto. ¿Qué compañero mantendrá su fe en el secretario general después de comprobar el uso que daba Perico el urnas a las mamparas de Ferraz? ¿Cómo invocará de forma creíble la democracia quien confunde voto secreto con urna secreta? Y todavía dicen algunos que ese día no hubo pucherazo porque Sánchez salió dimitido: como si los delitos no tuvieran grados de ejecución, como si la noción de “tentativa” fuera ignota en Derecho o en Moral. Toda España ha visto, con lujo de detalles –deliciosa la actuación de César Luena– uno de los episodios más bochornosos del sainete a que nos condena la Prioridad Personal de Pedro.
Dueña del PSOE, la PPP se hizo, poco después, dueña de España. Estos días han desfilado por el banquillo sus artífices más cualificados, los responsables de que Pedro defenestrado fuera luego Pedro resurrecto: el chico de los avales y el chico de las chavalas. Y ni siquiera se ha tenido con ellos el más mínimo detalle. Cierto que últimamente el presidente del Gobierno ha estado ocupadísimo viajando y grabando vídeos, pero qué costaba un mensaje de aliento en Tik-Tok…
Es lo que tiene la PPP. No conoce amigos ni parientes (o casi). Desde luego, ignora por completo el concepto “responsabilidad política”. Y siempre el interés nacional es su primera víctima. Lo hemos visto con el proceso de regularización masiva. Han importado poco sus repercusiones en el vecindario europeo. Tan poco como su más que probable efecto llamada, la falta de evaluación individual rigurosa o la laxitud en los controles de seguridad que están presidiendo el proceso. Lo importante es situar a Pedro “en el lado correcto de la historia”, a costa de que España vuelva a quedar descolgada, mientras el Parlamento Europeo elabora un Reglamento de Retorno en un sentido diametralmente contrario a lo que se hace por aquí; porque el sanchismo se distancia también de otros partidos socialistas comprometidos contra la inmigración ilegal: la primera ministra danesa afirmaba no hace mucho que ningún modelo social puede perdurar sin fronteras protegidas. La PPP pasa por alto, mientras presume de europeísmo, que quienes comparten espacio Schengen, deberían comprometerse con los mismos estándares contra la inmigración irregular, del mismo modo que compartir moneda única obliga a mantener criterios equivalentes de prudencia fiscal: un Estado que no gestiona bien sus finanzas o sus fronteras pone en peligro a sus vecinos.
La PPP está detrás, también, de la negativa del Gobierno a presentar, en tiempo y forma, unos presupuestos a las Cámaras, y de haber convertido la prórroga presupuestaria en rutina fraudulenta; como está detrás de la escandalosa desviación de ayudas europeas para financiar las pensiones, que acaba de fiscalizar el Tribunal de Cuentas; igualmente, inspira una política de gestos que pretende ser política exterior: tras oír a Albares sentenciar que siendo respetuosos con el Derecho internacional no hay que temer ninguna represalia, porque –dijo literalmente– “sería el mundo al revés”, ya podemos dormir mucho más tranquilos… Y es que a la PPP le importa la imagen de líder progresista global que pueda construirse Pedro, y no el hecho de que para una potencia mediana como España el aprecio real al Derecho Internacional se demuestre en lo que te afecta: por ejemplo, en el trato que les das a los saharauis. Cuando se finge liderar causas globales traicionando compromisos locales, se da la medida exacta de lo que se es. Por lo demás, ir de campeón mundial de la paz y el derecho y exhibir una creciente complicidad política con la República Popular China es una pirueta demasiado ridícula como para ni siquiera plantearse sus posibilidades de éxito.
Esto es lo imperdonable: la Prioridad Personal de Pedro acabará, necesariamente, en descalabro; y su fracaso amenaza peligrosamente con ser el de todos.