Idioma-grey
Idioma-grey

EDITORIAL FAES | ¿Hasta cuándo se abusará de nuestra paciencia?

Como Sánchez ni puede ni sabe gobernar, se dedica a hacer oposición retrospectiva con 23 años de retraso. Oírle “argumentar” en el Congreso ha sido comprobar hasta qué punto carece de pudor a la hora de insultar la inteligencia del auditorio. Porque, por lo visto, el único recurso que le queda a este presidente sin presupuestos y sin vergüenza es “la guerra de Aznar”. El relato dice así: “A diferencia de Aznar, yo he sabido escuchar el clamor de los españoles contra una guerra injusta e ilegal. A diferencia de Aznar, yo he plantado cara al imperialismo yanqui. A diferencia de Aznar, yo no miento a mi pueblo. Ved: soy justo, soy bueno, soy sincero y, sobre todo, soy pacífico. Tranquilos, yo estoy bien. Vosotros, a votarme cuando toque, es decir, cuando diga”.

Veamos. El 20 de marzo de 2003 tuvo lugar la invasión de Irak. En mayo de ese mismo año, hubo elecciones municipales y autonómicas en España. Un simple vistazo a los titulares de la práctica totalidad de la prensa en aquel momento consentiría un titular común: “La guerra no ha dañado a Aznar como esperaba la oposición”. En 9 de las 13 comunidades en que se votó y en 35 de las 52 provincias ganó el PP. En Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón rompió el techo de Álvarez del Manzano logrando mayoría absoluta y Esperanza Aguirre se quedó a un diputado de la misma en la Comunidad. En suma, el PP conseguía conservar su poder territorial frustrando las apuestas fundamentales de los socialistas. También entonces, su oposición de pancarta benefició, a su costa, las candidaturas nacionalistas y de extrema izquierda. Un ejemplo: La Vanguardia, poco proclive a la política exterior de Aznar, editorializaba que, habiendo tenido que ver la campaña muy poco con temas municipales, hasta el punto de habérsela considerado un “plebiscito”, podía decirse que “Aznar no lo ha perdido” y que el PP había “aguantado el envite”. Al margen de sus mayorías relativas, el PP cosechó mayorías absolutas en 2969 municipios, un número superior al que sumaron, juntas, las victorias absolutas y relativas de los socialistas. Si hubo una mayoría social “contra la guerra”, lo cierto es que, a dos meses de su comienzo, no hubo una mayoría electoral contra el PP.

Y todavía es más cierto que Aznar no mandó tropas españolas a ninguna guerra en Irak. España no participó en la invasión y toma de control del territorio. Eso se hizo a cargo de tropas de Estados Unidos y británicas. España, sí, prestó un apoyo político avalando la interpretación de una Resolución de Naciones Unidas que podía darle curso. Junto a muchos otros países de la UE y de la OTAN que apoyaron también esa decisión. La apoyó Portugal, la apoyó Italia. España mandó tropas cuando la ONU establece el plan de estabilización y de reconstrucción de Irak, bajo paraguas de Naciones Unidas y para misiones que no eran bélicas.

Y sobre todo es cierto que hay una distancia insalvable entre los errores invencibles y las mentiras. Mentir se parece mucho más a salvar esa distancia de un salto por pura conveniencia. Sadam había tenido armas de destrucción masiva, las había utilizado contra su propio pueblo en masacres que dejan pequeñas las mayores atrocidades que hayamos podido ver después. No dejó que los inspectores de la ONU lo comprobaran acreditando así haber cumplido con sus obligaciones de desarme. De haberlo hecho, la intervención militar no se habría producido. Cierto que en el momento de la intervención no se encontraron esas armas y por tanto hay que pensar que no existían entonces. Pero el Gobierno de Aznar actuó en función de la información que tenía y de la lógica. Eso, ni es engañar ni es manipular.

Naturalmente, la posición española de entonces puede criticarse legítimamente siempre que se haga de buena fe. No es el caso cuando quien acusa de tomar decisiones sin escuchar a la opinión pública sustenta su poder, precisamente, en esa práctica. Nadie tiene por qué soportar reproches de mendacidad cuando vienen de la misma persona que juró “setenta veces siete” no conceder amnistías inconstitucionales ni pactar con Bildu. Ver presumiendo de sinceridad al personaje que prometió “traer de vuelta a España” a Puigdemont para ser juzgado, y eso pocas horas antes de que el prófugo le transfiera oxígeno parlamentario desde Waterloo, es un espectáculo al alcance de la paciencia de muy pocos. Desde luego, no de la nuestra.