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EDITORIAL FAES | Por una Venezuela libre

La captura de Nicolás Maduro ha puesto de relieve las capacidades militares de Estados Unidos y supone una ilustración elocuente de que el ‘corolario Trump’ a la Doctrina Monroe, mencionado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, es algo más que simple retórica.

El hecho de la deposición de Maduro, es, en sí mismo, una buena noticia. Pero tampoco puede descuidarse la dimensión de las incógnitas que esta acción deja abiertas. Sobre el futuro de Venezuela en primer lugar, pero también sobre la pugna por la influencia en el continente americano entre los Estados Unidos, China y Rusia y sobre la posibilidad de sujetar a normas un mundo desordenado.

Desde su llegada a la presidencia, Trump ha combinado medios distintos para ponerlos al servicio de un mismo propósito, la hegemonía continental: presión diplomática sobre Panamá, apoyo a aliados como Argentina y El Salvador, y presión militar sobre Venezuela con el desenlace conocido. Esta última acción tiene, visiblemente, valor conminatorio para líderes hostiles en la región que pretendan estrechar lazos con Pekín y Moscú. Y vuelve a ejemplificar una táctica favorita que ya fue usada en junio contra el programa nuclear iraní: prologar un ataque fulminante con maniobras de distracción, para camuflarlo y multiplicar su eficacia. También como entonces, la intervención norteamericana ha servido para medir los límites de la respuesta de las potencias autocráticas. Que Rusia y China aparezcan ahora como las vírgenes vestales del derecho internacional y el respeto a la integridad territorial de naciones vecinas no solo es índice claro de su hipocresía; también da cuenta de los límites de su efectiva solidaridad con quienes más que aliados, se revelan, en los trances decisivos, clientes sumisos y prescindibles.

Pero, como decíamos, no podemos olvidar las incertidumbres de lo que está por venir. La primera, el futuro de Venezuela, la más notoria. Un relevo en el liderazgo sin una transición hacia la democracia no es la expectativa que merece una nación hecha prisionera por la narcodictadura que usurpa su Gobierno. Tutelar ese proceso es una cosa, colonizar el país con tal pretexto, otra muy distinta. Lo que demanda la Venezuela devastada por el chavismo es un proceso de nation-building, precisamente el tipo de acción política denostada por el movimiento MAGA y del que Trump reniega cada vez que tiene oportunidad.

Venezuela ostenta, desde que lo eligió, un presidente legítimo: Edmundo González; y un liderazgo moral encarnado en María Corina Machado. A ellos les corresponde protagonizar el proceso de transición hacia la democracia. Apoyar ese proceso de ninguna manera es lo mismo que transformarlo en un acuerdo ventajoso tras pertinente regateo con los epígonos del chavismo. Las declaraciones de Trump, de suma torpeza, han dado pábulo a toda suerte de conjeturas inquietantes en este sentido. En Venezuela no se puede ir “de la ley a la ley” porque no existe la mínima institucionalidad desde la que transitar, apoyándose en ningún “chavismo reformista”. Delcy Rodríguez no es Torcuato Fernández-Miranda.

Esta es también la hora de la comunidad internacional, y debía ser, sobre todo, la de España, si no padeciera un Gobierno cómplice con la dictadura criminal recién decapitada. En este sentido, las acaloradas defensas de la tiranía a cargo de buena parte de la izquierda española no sorprenden, pero llevan el bochorno de cualquier temperamento democrático a su ápice.

La lección para la comunidad internacional que se desprende de todo esto, en cualquier caso, es que cuando no se reacciona a tiempo, cuando se dejan pudrir las consecuencias de atentados tan notorios como el autogolpe perpetrado por Maduro en su última farsa electoral; cuando se ignora una represión que ha supuesto, acreditadamente, delitos de lesa humanidad; cuando los foros internacionales y la diplomacia permanecen pasivos ante el escándalo y la devastación de todo un país, y ante el éxodo de millones de sus habitantes, comprometiendo la estabilidad de toda la región; cuando no se reacciona ante tamaño desastre, luego no basta con invocar un angélico “derecho internacional” incapaz de hacerse creíble y efectivo.

Los venezolanos han hecho su parte. Ayudarles ahora no podrá significar suplantarles, ni, mucho menos, aprovecharse de ellos y de su desgracia. El único desenlace legítimo y aceptable de esta situación es una Venezuela libre y soberana.

Por otro lado, China lleva demasiado tiempo invirtiendo en la región como para abandonar el escenario sin más. De hecho, el mes pasado, justamente, publicó un documento sobre su presencia en Iberoamérica subrayando su influencia creciente en la zona, hasta el punto de considerarla un índice de su capacidad de alterar el “equilibrio global de poder”. Trump parece haber querido dejar claro que, en el aspecto militar, solo existe en toda América una gran potencia, disuadiendo así cualquier tentación, en algún gobierno vecino, de albergar nada que se parezca a una base militar de cualquiera de sus competidores globales. Sin que eso vaya a impedir a China continuar tejiendo su red de alianzas económicas, tecnológicas y políticas en la región, ateniéndose a su tradicional apuesta por el largo plazo.

Por último, la acción norteamericana ya está volviendo a alimentar viejas imputaciones de neo-imperialismo y puede también servir de combustible para justificar intentos expansionistas chinos o rusos en sus respectivas “áreas de influencia”. El Gobierno norteamericano aduce, plausiblemente, la legalidad de una intervención amparada en una acusación formal tramitada en tribunales norteamericanos. En todo caso, una lectura malintencionada podría tener consecuencias y réplicas en otros escenarios, por ejemplo, en Taiwán. Lo que está definitivamente claro es que ya no vivimos en el mundo unipolar que sucedió a la Guerra Fría, cuando los Estados Unidos carecían de antagonistas que pudieran emular, para mal, sus propias iniciativas como súper-potencia.

Ninguna de las incertidumbres que hemos glosado puede impedirnos, sin embargo, saludar con el mayor alborozo la caída de un tirano que avergonzaba al mundo.