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EDITORIAL FAES | Ventana de oportunidad

El presidente del Gobierno acaba de anunciar la disolución de las Cortes para convocar unas Elecciones Generales anticipadas el 29 de noviembre.

Sánchez apuntilla así una legislatura agónica. Si es que puede llamarse legislatura al tinglado que nació de una investidura alquilada a caseros partidarios de dinamitar el inmueble y sostenida a base de vandalizarlo durante más de tres años. Sin haber presentado, durante todo ese tiempo, un solo presupuesto, el Gobierno ve ahora una “ventana de oportunidad” y pretende hacer de su impotencia parlamentaria un argumento electoral; incapaz de convalidar dos reales decretos leyes sobre vivienda –materia que representa uno de sus mayores fracasos–, y justo cuando es ya inocultable que la confianza parlamentaria no existe en España desde hace mucho. Puigdemont desahucia al inquilino de la Moncloa y Sánchez comparece para transformar su anuncio de convocatoria en una soflama populista en que se llama a “doblegar a las élites” desde la escalinata de un Palacio.

Sánchez ha encarnado, hasta el último minuto, una especie proliferante en la política contemporánea, la del panfletario conformista, instalado en el poder y disfrazado de outsider. En realidad, no ha gobernado nunca. Se dedicó, desde el principio, a otra cosa: a la construcción de relatos, al engaño, a la farsa, al trampantojo.

Ahora ve su fracaso como una oportunidad. No es que este sea el mejor momento para él, es que todo le iba a ir a peor. El constructor de “muros” que prometió emparedar media España ha cumplido ese compromiso con creces; mucho menos eficiente ha sido materializando sus anuncios sobre vivienda social en la campaña de 2023: el tamaño de su fracaso en este campo va del 20% trompeteado al escaso 3% construido. Pero todo eso resulta indiferente a producciones Moncloa, lo que importa a esa fábrica de cuentos es “el marco”: tener éxito no es solucionar el problema de la vivienda, sino movilizar el electorado potencial en torno a consignas polarizadoras.

Por eso los decretos no son decretos, son panfletos. Por eso se nos emplaza a elegir entre “la gente” y “los buitres”. Por eso se nos dice –en el colmo de la irrisión– que la controversia no es ideológica, sino de pura “humanidad”: es decir, que votar en contra de los decretos es “inhumano” y que “se quedan con la cara” de quien se atreva a hacerlo. Por eso se manipula el derecho comparado y se blanden ejemplos inconsistentes: pasando por alto, por ejemplo, que en Suecia se indemniza las expropiaciones con un recargo del 25% sobre el valor de mercado para sancionar abusos confiscatorios…

Con todo, desgastada por el uso y abuso de tanto politólogo de ocasión, la expresión “ventana de oportunidad” resulta perfectamente apropiada si se refiere a que el próximo 29 de noviembre los españoles tendremos la última palabra. Tendremos la oportunidad de demostrar a toda Europa que España puede volver a ser un país estable, confiable y capaz de rumbo cierto. La opción que se ventila no es entre “olas reaccionarias” y unicornios progresistas. La verdadera opción será elegir entre un Gobierno presidido por Alberto Núñez Feijóo o la culminación de ocho años de sanchismo, fase terminal del zapaterismo, que abocaría a una transformación radical de España, entregada definitivamente a quienes tienen el propósito explícito de dinamitar su cimiento constitucional, es decir, el fundamento de nuestra convivencia.

Para que España tenga futuro hay que poner punto final a un mandato que no fue otorgado en ninguna urna: los españoles no votaron en 2023 para amnistiar una sedición, ni para liberar terroristas, ni para alimentar tramas corruptas, ni para amparar la amenaza y el chantaje a jueces, policías y funcionarios. Tampoco ahora pueden dejarse engañar, como si estuvieran convocados simplemente para pronunciarse sobre catálogos de promesas demagógicas. Las próximas elecciones, tomadas en serio, supondrán la rendición de cuentas de quienes llevan ocho años en el Poder y la consiguiente depuración de responsabilidades políticas de quienes no tuvieron nunca el pundonor de asumirlas en primera persona.

Serán las más decisivas de toda la etapa democrática. No solo harán balance de ocho años de sanchismo, sino de una peligrosa dinámica política de onda mucho más larga. Desde que los socialistas decidieron liquidar el fundamento implícito de la Transición, no les quedó más remedio que acordonar primero y emparedar después a la mitad del país cuya representación política la ostentó siempre, y sigue haciéndolo, el Partido Popular. El precio de su exclusión les condujo, más o menos de prisa, a converger con formaciones populistas y nacionalistas radicalizadas, y, por lo tanto, a descompensar el sistema, desplazando su centro de gravedad fuera del perímetro constitucional.

El futuro político de la nación no puede consistir en sostener indefinidamente un chantaje que tenga como propósito último evitar la alternancia democrática. Estamos ante el final de la escapada de un aventurero sin escrúpulos a quien poco ha importado sostener un tinglado inoperante y corrupto a costa del colapso de la convivencia: a estas alturas, su única opción.

Sabemos que Sánchez lo fía todo al enfrentamiento descarnado, a la deformación del adversario, a la manipulación del debate, y –en último extremo– a dejar como herencia una hoguera que avivar desde la oposición. Como secretario general y como presidente del gobierno nunca ha tenido otro norte que su propia supervivencia personal. Su ejecutoria la jalonan derrotas electorales, crisis inexplicadas, incompetencia gestora y el infatigable recurso a la mentira sectaria. Su último mandato se negoció de incógnito fuera de España y termina con España invadida. Comenzó sin integridad moral y acaba sin integridad territorial. Para que Sánchez haya podido presumir de mesías progresista, España ha tenido que ver eclipsada su influencia y proyección exterior. Para que Sánchez infle cuadros macroeconómicos, los españoles tienen que ver cómo la inflación se come su poder adquisitivo. Para que Sánchez exhiba sensibilidad social, se invisibilizan entre la propaganda estadística los índices de pobreza infantil y de paro juvenil, literalmente escandalosos.

Sí, el 29N tendremos una “ventana de oportunidad” para “cambiar el marco”. Podremos apostar, por fin, por una opción auténticamente representativa. Porque ni el Campamento, ni el Sindicato virtual, ni la Tertulia subvencionada, ni la Prensa orgánica ni la Academia orientada “nos representan”. Ese día acudiremos a las urnas para construir una mayoría parlamentaria sólida que gobierne para todos, sin tener necesidad del BOE para eludir el banquillo. Está a nuestro alcance la posibilidad decisiva de recuperar las instituciones para volver a ponerlas al servicio no de un partido ni de un Gobierno, sino del interés nacional, el de todos los españoles.