Anotaciones FAES 74
Ver a Junqueras entrar en Moncloa corrobora una inquietante realidad. Esta coalición de gobierno que se dice progresista se gestó y se sostiene gracias a la familiaridad que Pedro Sánchez ha desarrollado con la delincuencia. La soltura con la que el presidente del Gobierno se mueve entre los delincuentes -presuntos y convictos- que le han acompañado y le mantienen políticamente vivo es una visión deprimente de una política que no parece tener suelo en su capacidad renovada para degradarse. José Luis Ábalos presentó la moción de censura contra Rajoy que llevó a Sánchez a la presidencia. Antes, éste había compartido cientos de kilómetros con Koldo al que quedó confiada la custodia de los avales en la puja de Sánchez por la secretaria general. Otro presunto delincuente, Santos Cerdán, firmó el acuerdo de investidura de Sánchez con Carles Puigdemont, prófugo de la justicia por sedición y malversación. Antes, esos mismos acuerdos se habían suscrito con Junqueras, ERC, éste condenado en firme por sedición y malversación, indultado pero incurso todavía en pena de inhabilitación. Como alfil del gobierno progresista figura Arnaldo Otegui, capataz de Sánchez para mantener en orden a quienes pudieran dudar -y un tipo con antiguos galones en ETA puede ser muy persuasivo- condenado él mismo por secuestro y pertenencia a banda armada. Por si todo esto fuera poco, en Extremadura el PSOE acaba de colapsar bajo la candidatura de Miguel Ángel Gallardo, que va a saltar casi sin solución de continuidad del estrado del mitin al estrado de la sala de juicios donde próximamente se sentará para afrontar cargos de corrupción en favor del hermano del presidente -también presunto delincuente- y a través de quién eso del delito adquiere un nivel de familiaridad -nunca mejor dicho- más que llamativo hasta alcanzar a la propia esposa de Sánchez, también con una nublada perspectiva penal. Del ex fiscal general – “tenemos que ganar el relato”-, poco más puede añadirse. Y ahí está Sánchez, flotando en el plasma delincuencial de los artífices y sostenedores de su poder, recibiendo el impúdico incienso de los escopeteros del periodismo y la opinión que aspiran a redimirse cargando contra Trump, mientras pasan por alto como si fuera una cuestión menor la caterva que rodea y permite seguir en Moncloa al que tanto elogian.