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En el centenario de Leopoldo Calvo-Sotelo (1926-2026)

Tribuna de José María Aznar

Hoy hubiera cumplido cien años Leopoldo Calvo-Sotelo. Conmemorar su centenario hace inevitable medir la distancia que nos separa del tiempo en que gobernar la nación era oficio de señores; justo por eso, sublimar cualquier nostalgia en acicate emulador debe ser, en nuestro problemático presente, un claro mandato cívico.

El apellido Calvo-Sotelo estaba ya incorporado a nuestra historia política cuando Leopoldo hubo de realzarlo con méritos propios. Hombre de sólida formación intelectual y moral, su firmeza de convicciones le hacía antípoda de logreros y oportunistas, sin incurrir en rigideces incompatibles con su carácter abierto y flexible, dispuesto siempre al diálogo y memorablemente inclinado a la sátira sin hiel.

Guardaba un reconocimiento profundo a sus primeros maestros, y a un bachillerato cursado en el Instituto Cervantes de Madrid que le arrancó este epigrama en el autorretrato paródico –“Yo me acuso”– que epiloga uno de sus libros: “Me acuso de no haber ido a un colegio de pago, como han ido los teóricos socialistas de la enseñanza pública, y van aún sus hijos”. La Historia de la filosofía de Marías y el tratado de física de Mingarro señalaron los rumbos de una vocación finalmente concretada en una carrera técnica, la de Ingeniero de Caminos, que cursó con el número uno de su promoción, en un ambiente académico en que plagiar tesis resultaba tan inconcebible como doctorar cónyuges.

El veneno de la política lo llevaba en la sangre, nunca lo entendió como trampolín para medrar. Poco tenían de trampolín las Juventudes Monárquicas de Joaquín Satrústegui, en las que militó, y con las que anduvo “pintando paredes a hurto de serenos”, estampando eslóganes contra el Régimen muchos años antes de inventarse la memoria democrática y el antifranquismo retrospectivo, remunerado y sin riesgos.

Su currículum es un elocuente inventario de su capacidad de liderazgo social, empresarial y político: desde la presidencia de RENFE o de la Unión Explosivos Riotinto, pasando por una larga estadía en el mundo financiero, hasta la para él tan querida presidencia de la Fundación Ortega y Gasset, o su reconocimiento como alcalde honorario de Ribadeo.

La preocupación por España fue motor de su vocación política, incitándole a participar en todas las iniciativas que fueron ahormando la Transición: desde su asistencia a las reuniones del Grupo Tácito hasta su concurso en todos los gobiernos presididos por Adolfo Suárez, siendo ministro, sucesivamente, de Comercio, Obras Públicas y Relaciones con las Comunidades Europeas. A él se deben, en buena medida, los primeros pasos –los más arduos– de nuestra integración europea.

Estadista y hombre de partido, era muy consciente de la tarea histórica de la UCD en esos años: protagonizar el tránsito pacífico del autoritarismo a la democracia. Tras la dimisión de Suárez, en 1981, Calvo-Sotelo heredaba un partido en crisis terminal y un país conmocionado por la intentona golpista que aprovechó su investidura para ensayar el descarrilamiento democrático de España, descrito así por él mismo: “Después de tres minutos dramáticos y diecisiete horas grotescas terminó aquel esperpento y fui, por fin, elegido presidente”.

Aquel era también un tiempo en que las investiduras no se compraban: tenían más de sacramento que de mercancía, y lo que un candidato prometía en su discurso lo dictaba antes la conciencia que el interés personal. Conviene repasar el discurso de investidura de Calvo-Sotelo, condensado en su propósito de restaurar la normalidad constitucional: confianza en las instituciones y el poder civil –el Tribunal Supremo tendría la última palabra en el juicio al 23-F: el golpismo, entonces, no se amnistiaba–, ordenación del proceso autonómico dándole sentido nacional, moderación del clima político… en fin, ni rastro de “muros” en la oratoria de aquel presidente del Gobierno. Calvo-Sotelo perteneció al discreto y fecundo linaje de los oradores parlamentarios que decían lo que les correspondía decir, con sobriedad de medios expresivos, con bien documentada intención, precisos en el dato, ágiles en la dialéctica: oratoria de hombres más atentos a la realidad de la vida nacional que al regate corto, las trampas de encrucijada o los latiguillos inanes.

En aquel discurso de investidura todavía brillan, como pauta luminosa, algunas afirmaciones relativas al Estado Autonómico: “Sí, sin vacilaciones ni reservas mentales ni de ningún orden, a las autonomías, en las que veo no sólo un mandato ineludible de la Constitución y de los Estatutos, sino también una esperanza cierta para nuestro pueblo. Pero no, claramente no, a un entendimiento ligero de las autonomías como disolución de una patria común forjada por la historia y llamada a servir eficazmente, en el terreno no sólo cultural, sino político, a todos sus hombres.”

Sin duda, una de las claves de su mandato y probablemente su legado más perdurable fue lo que él llamaba la “almendra” de la Transición: el ingreso de España en la Alianza Atlántica. Se lo debemos, sin duda, a su determinación, y fue anunciado, igualmente, en su discurso de investidura. Calvo-Sotelo no recataba sus propósitos y tenía muy clara la pertenencia de España al mundo occidental, incluido lo referente a su posicionamiento estratégico, seguridad y defensa. Son memorables y muy dignos de revisarse sus debates con Felipe González en la materia. Ahí se encontrarán, además, juicios aún válidos para controversias que todavía, en un mundo tan distinto, nos acucian.

Pero el recuerdo de Leopoldo Calvo-Sotelo no se agota en su legado como presidente del Gobierno. Porque antes y después de su paso por el palacio de La Moncloa fue siempre un ciudadano comprometido, un español ejemplar. Mantuve una estrecha relación de amistad con él durante muchos años, y por eso puedo decir que vivió hasta el final de sus días atento a la realidad nacional. Ahora cobran singular relevancia algunas de las reflexiones que prodigó en tribunas académicas o periodísticas con una lucidez que, vista desde hoy, acredita su buen sentido político y sus dotes para la anticipación.

Valga como muestra el botón de una magnífica tercera publicada en ABC en 2005. Allí denunciaba, con toda precisión, el programa demoledor que, iniciado en 2004, la izquierda ha venido consolidando y agravando: el que consiste en desnaturalizar las bases históricas de nuestra convivencia política, las que fraguaron la Transición y cristalizaron en los valores proclamados por la Constitución de 1978, que Calvo-Sotelo enunciaba así: “la monarquía, el espíritu de reconciliación nacional, el propósito de no repetir los errores del pasado y la voluntad de mantener un sólido consenso en las cuestiones fundamentales”.

En su artículo, tomando como referencia el excelente libro de Manuel Álvarez Tardío, El camino a la democracia en España (publicado por FAES), se ponía en valor, frente al ensayo fracasado de 1931, el éxito de 1978, subrayando como clave suya el espíritu integrador que inspiró la restauración democrática impulsada por la Corona.

Merecen particular atención, y por eso las citaré por extenso, para concluir, algunas consideraciones de esa tercera: “Pero he aquí que la izquierda, vencedora relativa en marzo de 2004, no se limita al ejercicio normal de una alternativa de Gobierno, sino que, ignorando aquellos valores que muchos habíamos creído asentados, propone una segunda transición y parece como si quisiera edificar el futuro de España sobre los cimientos de la II República. Es muy significativo, en efecto, que el preámbulo del proyecto de Estatuto catalán, que hoy se discute en las Cortes con el apoyo del Gobierno, cite dos veces la Generalidad de la II República y ni una sola vez la Constitución de 1978; o que cuando se decide a escribir el nombre de España lo haga pegándolo al epíteto de Estado plurinacional. Así como el famoso Proslogion de San Anselmo arranca de la blasfemia religiosa Non est Deus, Dios no existe, para refutarla contundentemente, la nueva transición española parece arrancar de la blasfemia histórica Non est Hispania, España no existe: Sintámonos convocados a refutarla contundentemente también.”

Qué mejor celebración del centenario de Leopoldo Calvo-Sotelo que hacer de su convocatoria de 2005, nuestro compromiso y programa en 2026; el compromiso y programa de todos los que, como él, seguimos creyendo en el futuro de España.