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Editorial FAES | El cuarto aldabonazo

La Quinta Sinfonía de Beethoven —apellidada del Destino— arranca con una conocidísima estructura rítmica de cuatro notas: tres corcheas cortas seguidas de una blanca larga. Estas notas son la base de toda la pieza y su clave simbólica. El primer biógrafo de Beethoven, Antón Schindler, contó que el maestro le había revelado personalmente su sentido: «el destino llamando a la puerta«. David Azagra, compositor en apuros, podrá corroborarlo y tararear a su hermano, presidente en aprietos, la banda sonora de su cuarto “accidente electoral” en apenas medio año. Porque ayer, confirmando previsiones unánimes en este punto, el electorado andaluz volvió a darle un portazo al sanchismo; esta vez, en las narices de su primera ministra.

Montero estará recordando aquello de lo poco generosos que son los grandes pueblos. Que “la mujer más poderosa de la democracia” haya condescendido a ocuparse de sus servicios públicos no parece haber conmovido a los andaluces. Probablemente, habrán juzgado que su ejecutoria al frente del Ministerio no le suponía ningún aval; que el estado de la red ferroviaria, valga como ejemplo de servicio gestionado por el sanchismo, no invita a reincidir; que quien confunde muertes dolosas con accidentes laborales tampoco acredita la talla mínima para ocupar puestos de responsabilidad; o que nadie habituado a “poner la mano en el fuego” por sinvergüenzas muy notorios está en condiciones de empuñar nada, y menos el timón de la Junta.

Lo cierto es que, una vez más, toda la campaña ha consistido en hacer explícito, como nunca, el empeño común del PSOE, la extremísima izquierda y la derecha populista: evitar mayorías absolutas del Partido Popular. Y esto dice mucho de nuestro estado de salud democrática y de cómo la táctica polarizadora socialista ha deformado el sistema de partidos y pervertido la política nacional, incapaz de habitar climas templados salvo cuando las victorias populares son arrolladoras.

En Andalucía casi lo ha sido. Juanma Moreno queda a dos escaños de la mayoría absoluta. De la mano de María Jesús Montero, el PSOE perfora su suelo histórico en Andalucía, hasta hace nada, su bastión indiscutible. Vox apenas mejora sus anteriores resultados y, en la extremísima izquierda, el crecimiento de Adelante Andalucía confirma que competir por el voto radical impulsa a los radicales.

¿Y ahora? En democracias que se respeten es inconcebible, siquiera como hipótesis, la continuidad de ejecutivos renuentes al mandato constitucional de presentar Presupuestos: sin confianza parlamentaria no hay Gobierno viable. La cosa es todavía más insólita tratándose, en nuestro caso, de un Gobierno derrotado en cuatro convocatorias consecutivas, a las que ha venido arrojando ministros como quien manda legados a la frontera sin esperanza de victoria, tan solo prevenidos para sofocar conatos en las propias filas. Por si lo anterior fuera poco, un Gobierno empantanado en cenagales que salpican al círculo inmediato a su primera jerarquía; un Gobierno, en fin, indistinguible ya de una agencia publicitaria que arrendase, semanalmente, un poder mediatizado. Ayer se confirmó que el PSOE ha quedado para aspirar a ser, en unas elecciones generales, la delegación madrileña del secesionismo vasco y catalán.

En circunstancias normales un Gobierno así liquidaría la legislatura convocando al electorado. Los españoles llevan pronunciándose, en el mismo sentido, desde hace tiempo; es hora de que, por fin, tengan la última palabra.

Por supuesto, es más que dudoso que un Sánchez inédito, estrenando responsabilidad, opte por la decencia. No importa. El cuarto aldabonazo ha sonado con nitidez: el destino del sanchismo está escrito.