El electorado castellanoleonés se ha pronunciado con claridad, como suele, por mucho que algunos vengan ahora a enturbiar un mensaje transparente.
El Partido Popular acumula ya tres victorias consecutivas en un ciclo que confirma su tendencia al alza en toda España. En la jornada de ayer, la candidatura popular mejoró todos sus indicadores: mejoró en escaños, porcentaje de voto (35%) y número total de sufragios recibidos. Supera al PSOE en cinco puntos y dobla a Vox: tras un periodo tan largo de gobierno, y con la demagogia confluyente de socialistas y voxistas a pleno rendimiento –criminalización de los incendios, no a la guerra, no a Mercosur– añadir más de cuatro puntos porcentuales a los resultados de 2022 es un índice elocuente del éxito de Fernández Mañueco.
Que la ley electoral permita a los socialistas maquillar su derrota no debería hacer olvidar que no han mejorado ni en un punto su porcentaje de voto respecto a 2022 y que el aumento de la participación ha tenido para ellos muy escaso rendimiento: decididamente, no son el partido que más se parece a Castilla y León. Puede medirse también el efecto del pseudo-pacifismo sanchista: absorber voto de extrema izquierda para sobrevivir a costa de unos socios encantados de asistir a su propia destrucción –incluso lo celebran mandando ministras a los Oscar–. Y, con todo, la política de bloques auspiciada por Sánchez solo da para que el ‘bloque de izquierda’ en Castilla y León pase de un 35,03% en 2022 al 30,8% de ahora, confirmando –en paralelo al éxito popular– la tendencia a la baja del conjunto de la izquierda en toda España. Este es el peor resultado de la izquierda en bloque desde que existe la Comunidad Autónoma de Castilla y León. La aporía electoral de Sánchez consiste en que necesita agarrarse a un flotador que él mismo se dedica a deshinchar: es problemático a medio plazo absorber el voto de partidos a los que se necesita para gobernar. Si además se piden esos votos para menoscabar los intereses de quienes los prestan, la táctica sanchista resulta cada vez más parecida al teatro del absurdo: se ha invitado al electorado socialista en Castilla y León a secundar un modelo de financiación autonómica diseñado para expoliarle.
En cuanto a Vox, esta campaña y estos resultados demuestran que confrontar con su irreprimible tendencia al bloqueo institucional no daña ninguna expectativa electoral. A Vox le han penalizado su inestabilidad orgánica y la que pretende inducir en los territorios donde negocia en clave partidista, con la indisimulada pretensión del sorpasso a medio plazo. Hoy se está bastante más lejos de esa expectativa quimérica y las bazas negociadoras de Vox, en los territorios donde las urnas le ponen en situación de jugarlas, no han crecido, han mermado. Aquí también, el electorado sanciona que se le pida un voto para malbaratarlo: con Sánchez agravando su amenaza a los intereses nacionales, resulta una irresponsabilidad temeraria sumarse al bloqueo de sus contrapesos institucionales.
En definitiva, de este 15-M el PP sale reforzado como referente claro del espacio de derecha constitucional. Los castellanos han conferido, con nitidez elocuente, un mandato de continuidad renovada en esa Comunidad para seguir proyectando un futuro de libertad, convivencia y funcionamiento estable de las instituciones a la espera de poder hacerlo en toda España, donde el PP sigue siendo el mejor intérprete de su anhelo de cambio.