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La crisis política de Irán

El régimen de la República Islámica de Irán está enfrentando su mayor desafío interno desde su creación en 1979, debido a la combinación de una reciente guerra, problemas económicos, malestar popular y la pérdida de legitimidad. El pasado 28 de diciembre los iraníes salieron a las calles para protestar por el colapso económico, la inflación descontrolada y la depreciación de la moneda. Sin embargo, las protestas se transformaron rápidamente en oposición política al sistema teocrático. Hasta ahora, la represión del régimen contra los manifestantes ha producido más de 3.000 asesinatos, según las investigaciones basadas en las fuentes locales, hospitales, centros forenses y la información de los familiares de las personas fallecidas. Las actuales manifestaciones, a diferencia de protestas anteriores en 2009, 2019 y 2022, que tenían demandas específicas, cuestionan la legitimidad misma del sistema político. Esto se debe no solo a la situación económica, sino al hecho de que la guerra de doce días de junio de 2025, que Irán libró contra Israel y Estados Unidos, dejó una profunda impresión de vulnerabilidad del régimen. Ataques a la infraestructura militar y a la capacidad nuclear de Irán dañaron seriamente su liderazgo y sus defensas, socavando la narrativa estatal de invencibilidad. A pesar del resultado de la guerra, el líder supremo, Ali Jamenei (86 años), ha rechazado presiones para reformar el sistema o cambiar rumbo.

Durante décadas, el régimen de los ayatolás se sustentó en un pacto implícito con la población: seguridad y protección frente a amenazas externas a cambio de sacrificios internos. La guerra y su resultado demostraron que ni esa seguridad podía garantizarse. El régimen ha fallado incluso en proveer seguridad básica y estabilidad económica, lo que ha roto la confianza ciudadana.

Irán sufre una crisis fiscal y monetaria extrema: la inflación supera el 50%, los precios de los alimentos subieron cerca del 70%, y la moneda nacional (rial) ha perdido más del 80% de su valor en un año frente al dólar. El país se enfrenta a escasez de electricidad y agua, a un mercado laboral deprimido y a bancos debilitados.

El sistema político iraní ha perdido cohesión interna. Las figuras y partidos que apoyaron la Revolución de 1979 han sido marginalizados o silenciados. El poder se ha concentrado casi exclusivamente en el líder supremo, Ali Jamenei, y en el cuerpo de seguridad (como la Guardia Revolucionaria), lo que ha cavado una brecha entre élites y tecnócratas. Esta alienación élite-gobierno debilita la capacidad del régimen para maniobrar políticamente.

Las protestas han reunido a amplios segmentos de la sociedad: clases medias empobrecidas, minorías étnicas, trabajadores, comerciantes y jóvenes urbanos.  Aunque estas fuerzas carecen de un liderazgo unificado, comparten un rechazo común al sistema teocrático y a las élites corruptas. Es importante que el discurso opositor ha trascendido de las consignas ideológicas religiosas tradicionales y se ha centrado en demandas nacionalistas y de dignidad social (“Irán para los iraníes”, “larga vida al pueblo”, son algunas de sus pancartas). Esta narrativa rompe con el monopolio ideológico del régimen y cohesiona a sectores diversos de la población.

Irán está aislado internacionalmente tras años de confrontaciones y sanciones económicas severas. La destrucción y debilitamiento de aliados regionales clave – el régimen de Bashar al-Assad, los proxies como Hezbolá, Hamás y Hutíes por Israel yEE. UU.), – las presiones militares y las sanciones han debilitado su red geopolítica. Bajo estas condiciones, el régimen carece de respaldo externo que pueda fortalecer su estabilidad interna.

Aunque Irán cumple casi todas las condiciones clásicas para un colapso revolucionario, aún falta un elemento decisivo: la deserción o fractura significativa dentro de las fuerzas represivas (Guardia Revolucionaria, u otros cuerpos de seguridad). Hasta ahora, estos grupos se han mantenido leales, lo que ha permitido al régimen sobrevivir a olas anteriores de protestas y represión. Las fuerzas de seguridad han intensificado las medidas represivas, incluyendo el uso de fuerza letal y los cortes de comunicación, lo cual aumenta el riesgo de que la situación derive en una crisis aún más sangrienta si no hay una fuerte respuesta ciudadana que impida que el régimen actúe sin límites.

El régimen iraní está “muy debilitado”, sin legitimidad real ni eficiencia funcional, pero aún no ha colapsado. Las protestas han puesto en evidencia una descomposición sistémica grave, aunque el desenlace final todavía depende de factores internos – especialmente de si las fuerzas de seguridad abandonan al liderazgo clerical – y externas una posible intervención de EE. UU., dado que el presidente Donald Trump ha adoptado una línea más confrontativa contra Irán y ha expresado su apoyo a las protestas, revirtiendo décadas de enfoques más cautelosos.