Goodbye Lenin

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El 31 de diciembre de 1991 la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la URSS, dejó de existir. Seis días antes, el último secretario general del Partido Comunista y reformador frustrado, Mijail Gorbachov, dimitía de la jefatura del Estado y, como epílogo al golpe de Estado fallido intentado por los sectores más involucionistas del régimen en agosto de ese mismo año, se cerraba la historia del totalitarismo más persistente que ha sufrido el mundo.

El experimento Gorbachov vino a demostrar que la URSS era irreformable y que bastó un mínimo impacto de intenciones de cambio para que toda aquella estructura de poder y represión colapsara por el peso de la corrupción y la ineficacia económica traducida en la mísera escasez repartida entre ciudadanos sin derechos. La división de Europa, la represión interior y exterior (Budapest y Praga invadidos, Polonia bajo la ley marcial), la destrucción de la sociedad y la economía, la devastación medioambiental, al servicio de una distopía a la que Marx proporcionó la arrogante pretensión de haber descubierto las leyes de la historia de las que Lenin y Stalin extrajeron la pulsión asesina sobre la que se asentó el régimen.

Porque el comunismo fue –es– una distopía homicida que debería avergonzar a todos aquellos que le prestaron respetabilidad, a los que defendieron sus crímenes, a los que ignoraron a sus víctimas, a los que han insistido en atribuirle méritos liberadores, a los que cantaron encendidos versos a Stalin, a los que saludaron con entusiasmo al hombre nuevo soviético mientras compartían como inevitable la destrucción de los hombres y mujeres reales. Aun hoy, hay quien entre nosotros saca pecho afirmando su condición de comunista sin esbozar una mínima disculpa por lo que significa asumir esa larga y sórdida trayectoria de muerte y represión. Al comunismo soviético no le queda siquiera la épica de haber dado verdadera batalla antes de su derrota en la Guerra Fría, porque su guerra, la que de verdad libraba, era contra sus propios pueblos. Fue derrotado porque se deshizo, porque era una enorme y sangrienta mentira que llegó a su fin.

Mientras celebramos la extinción de la URSS no podemos olvidar que el comunismo sigue siendo el foco de atracción de las tiranías que se pretenden adornar con etiquetas de progresismo. No solo se trata del caso delirante de la Cuba castrista –sobre la que una buena parte de la intelectualidad occidental sigue incurriendo en la vergonzosa apología que regaló al estalinismo o en el silencio cómplice con el que recibió la revelación del Gulag–, hablamos de la Venezuela chavista que se proclama como el socialismo del siglo XXI. Y hablamos también, por supuesto, de los populismos de izquierda radical que, como el caso de los teóricos de Podemos en nuestro país, siguen en el intento de rescatar el comunismo de sus ruinas, repintarlo y hacerlo pasar por una opción democrática ocultando su genealogía ideológica que los emparenta en línea directa con sus amos intelectuales y políticos del marxismo-leninismo.

Ese comunismo que se ha refugiado también en el nacionalismo para que personajes que deberían haberse sentado en el banquillo de la historia y de los acusados se reconvirtieron en dirigentes que han prolongado la barbarie comunista bajo otras formas. El comunismo soviético, que no se limitaba a la URSS, dejó pendiente su propio Nüremberg. El peligro es que no habiéndose producido ese enjuiciamiento histórico, el blanqueamiento del comunismo, la rehabilitación de la figura de Stalin, los “peros” que la intelectualidad militante y nostálgica siempre opone a cualquier expresión de rechazo de lo que significó la URSS, la construcción del “neoliberalismo” como cortina de humo para hacer olvidar el desastre soviético, reaparecen para dañar la narrativa democrático-liberal y la credibilidad de sus instituciones. Es una lacerante coincidencia que este aniversario coincida con la disolución de la ONG rusa Memorial, dedicada a preservar la memoria de las víctimas del comunismo. La URSS murió hace treinta años y lo que fue y significó deben quedar enterrados para siempre bajo la losa de sus propios crímenes.