Irán sigue ahí

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Centrada la atención en la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania, la creciente amenaza que representa Irán parece haberse convertido en una preocupación rutinaria. Lo cierto es que Irán refuerza su perfil amenazador, en primer lugar, mediante su alianza con Rusia y su alineamiento con el frente autocrático que cree haber conseguido nuevo impulso tras la agresión rusa; y en segundo término, con su posición en la negociación del nuevo acuerdo nuclear con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas más Alemania y la Unión Europea, cuyas posibilidades de salir adelante han sido calificadas por uno de los negociadores norteamericanos como “tenues”.

Días antes de la invasión rusa parecía que la firma de un nuevo acuerdo era inminente. Después del 24 de febrero, Teherán no solo ha endurecido su postura exigiendo la retirada de la Guardia Revolucionaria del listado de grupos terroristas señalados por Estados Unidos, sino que, en un movimiento de extraordinaria gravedad, ha retirado de sus instalaciones nucleares 27 cámaras y otros dispositivos de control que mantenía la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) en su responsabilidad de verificar el cumplimiento de las restricciones impuestas a Irán en este terreno.

La evolución de los acontecimientos resulta especialmente preocupante. El pasado 30 de mayo la AIEA certificaba que Irán posee suficiente material para producir una bomba nuclear, que almacena una cantidad de uranio enriquecido 18 veces mayor a la pactada en 2015 y que prosigue con su proceso de enriquecimiento de uranio a una pureza superior al 3,67%, límite acordado en el Plan Integral de Acción Conjunta. Lo cual significa que estamos a pocas semanas de que Irán supere el punto de no retorno para materializar sus ambiciones nucleares y, en consecuencia, se agota el margen para cerrar una negociación realmente significativa con Teherán que tome nota de los errores e insuficiencias del acuerdo de 2015.

Entretanto, Irán busca en Rusia un aliado para eludir las sanciones y apoya a Moscú con el envío de armas. Según informaciones de la prensa británica, Teherán ha enviado a Rusia lanzacohetes portátiles RPG y misiles antitanque, así como sistemas de lanzamiento de cohetes de diseño brasileño y el sistema de misiles tierra-aire iraní Bavar 373. Esta situación, unida al malestar interno manifestado por la contestación de los iraníes en la calle a pesar de la brutal capacidad represiva del régimen, dibuja un panorama de peligro extremo para la región y para la estabilidad global.

La agresión contra Ucrania no debe hacer olvidar en la opinión pública occidental, ni en las prioridades de las principales potencias, el desafío que supone un régimen teocrático islamista, enfangado en la represión más brutal de su pueblo y dispuesto a aprovechar sus opciones para convertirse en potencia nuclear amenazadora. Puede que ese momento no esté tan lejano si no se refuerzan las posiciones, la determinación y la capacidad de presión de quienes tienen la responsabilidad de garantizar que los ayatolás no cruzarán esa línea roja.