La “bomba atómica” acaba con el segundo Gobierno de António Costa en Portugal

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Ángel Rivero es profesor en el departamento de ciencia política y relaciones internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid

Este miércoles 3 de octubre, Marcelo Rebelo de Sousa, presidente de la República portuguesa, anunciará, si no pasa nada extraordinario, la disolución anticipada de la Asamblea de la República, el parlamento unicameral portugués, y la convocatoria de elecciones, previsiblemente en enero de 2022. Entre los poderes negativos del presidente de Portugal, elegido por votación directa, el más importante es, sin duda, el de disolver el Parlamento. Para ello le basta con oír a los partidos y al Consejo de Estado, y una vez realizado este trámite puede activar lo que en la jerga política portuguesa se llama “la bomba atómica”.

Que esta “bomba” se puede utilizar con cierta discrecionalidad lo prueba que en su día el presidente Jorge Sampaio, socialista, fallecido este año, disolvió el Parlamento en 2004 a pesar de que el primer ministro Santana Lopes, del PSD, disponía de una mayoría absoluta en la cámara. Sampaio justificó su decisión alegando que el primer ministro “no tenía la confianza del pueblo”, puesto que sustituía a Durão Barroso, su compañero de partido, vencedor de las elecciones de 2002. Este era quien en tales comicios había ido de cabeza de lista, había sido elegido primer ministro y tenía el apoyo mayoritario de la cámara, pero llevado de una ambición más alta dejó el cargo para presidir la Comisión Europea. Los portugueses se sintieron humillados y Sampaio dio curso electoral a su enfado.

Así pues, ahora la novedad no radicará en la utilización de la prerrogativa presidencial, puesto que se va a utilizar por octava vez desde la instauración de la democracia en 1974, sino en las razones y las consecuencias de esta disolución. El presidente de Portugal, aunque es miembro del opositor PSD, centro-derecha, oficia como el poder neutro de la monarquía constitucional, y puesto que António Costa, el primer ministro socialista, no ha podido hacer aprobar su propuesta de Presupuestos Generales del Estado para 2022 (Orçamento do Estado) el pasado miércoles 27 de octubre y, tras esta derrota, se ha negado a dimitir, la disolución se hacía inevitable.

Inevitable no porque sobre el papel no hubiera otras posibilidades sino, simplemente, porque el presidente había anunciado que así lo haría si los presupuestos no se aprobaban. La propuesta recibió 117 votos en contra, 108 a favor y hubo cinco abstenciones. A favor de Rebelo de Sousa ha de decirse que intentó sin resultado que la propuesta del Gobierno recibiera el apoyo del Parlamento. Era la primera vez que un proyecto de presupuestos se rechazaba por el parlamento portugués, lo que tiene un indudable valor simbólico. Esta es, formalmente, la razón de la disolución del Parlamento y de la convocatoria de elecciones anticipadas. Pero hay más.

Para algunos, en Portugal y también en España, esta circunstancia pone punto final al experimento denominado geringonça, esto es, la chapuza, un Gobierno salido de la derrota de 2015 del Partido Socialista portugués, que logra derribar en el Parlamento al recién nombrado Gobierno del ganador de las elecciones, Passos Coelho del PSD, agrupando a toda la izquierda del Parlamento en su apoyo. Como he recordado en otro lugar, esto era algo insólito en el sistema político portugués porque hasta entonces las alianzas políticas se forjaban entre los partidos democráticos (PS, PSD y CDS-PP) dejando fuera a los partidos “revolucionarios”, contrarios a la democracia liberal (PCP, BE). Puesto que era impensable en Portugal una alianza entre quienes tenían visiones antagónicas sobre la democracia, parecía imposible que cuajaran esta alianza. De ahí que Paulo Portas, entonces líder del CDS-PP, bautizara este acuerdo de legislatura non sancto como chapuza. Pues bien, algunos ven en los hechos recién reseñado el final demorado, casi seis años, del funcionamiento de la chapuza.

Sin embargo, en honor a la verdad, la geringonça había dejado de funcionar mucho antes. António Costa capitalizó la salida de la crisis que había propiciado Passos Coelho en su propio beneficio, lo que le permitió ser finalmente ganador de las elecciones en los comicios de 2019. Si en 2015, tras hacer caer el Gobierno de Passos Coelho, se vio impelido a firmar acuerdos electorales con el PCP, el BE y los verdes, esta vez, con un grupo todavía en minoría, pero muy reforzado, puesto que ganó 22 escaños frente a los comicios anteriores –alcanzando los 108–, pensó que podría prescindir del lastre de pactar con tales socios. La mayoría está en el Parlamento en 116 escaños, pues cuenta con 230 diputados, de modo que la idea de prescindir de acuerdos de legislatura como la vez anterior parecía prudente. El propósito de Costa era gobernar con una geometría variable que hiciera que los ocho votos necesarios para que el Gobierno aprobara sus leyes se encontraran en cada caso en lugares distintos (al menos tres partidos del Parlamento se los podían proporcionar en solitario y las posibilidades se ampliaban si se acordaba con dos). Es decir, la geringonça, la chapuza, se había acabado ya en 2019 por la simple razón de que Costa ya no la necesitaba. Pero también sus socios contemplaban las cosas ahora de manera distinta.

Junto a este fortalecimiento del Partido Socialista se produjeron otros hechos relevantes para entender lo que está sucediendo estos días. Las elecciones de 2019 no fueron bien para los socios parlamentarios del Gobierno Costa de 2015: castigaron severamente al Partido Comunista Portugués (que concurría junto a los verdes) que perdió cinco escaños; y castigaron al Bloco de Esquerda que perdió muchos votos, aunque mantuvo sus escaños. Es decir, el apoyo parlamentario forjado en 2015 benefició sobre todo al Partido Socialista de Costa, pero perjudicó a sus socios. Pero también pasaron cosas en la oposición: la derecha, formada por el PSD y el CDS-PP recibieron en 2019 un severo varapalo que hacía imposible que pudieran volver pronto al gobierno. Es decir, a diferencia de 2015 donde la derecha pudo armar un gobierno, en 2019 era totalmente imposible. El argumento de Costa de que “si no gobierno yo gobierna la derecha” también había dejado de funcionar. La derecha para el Costa de entonces equivalía a decir neoliberalismo, inhumanidad, recortes y capitalismo salvaje. Es decir, ya no se podía endosar a la izquierda revolucionaria la posibilidad de tener un gobierno de derechas. Así pues, ni contaba con sus antiguos socios, porque no los necesitaba, ni podía contar con ellos, porque no les interesaba. En cualquier caso, parecía que la fortuna había salido al encuentro de Costa porque podía prescindir de sus incómodos apoyos parlamentarios y, gracias al incipiente crecimiento económico, atender a su agenda social. Pero la fortuna, es sabido, es caprichosa y el milagro duró poco debido a la pandemia.

La crisis económica está de vuelta en Portugal, la presión fiscal es asfixiante; el precio de los combustibles insoportable; las promesas sociales del Gobierno para los presupuestos se circunscriben a modestas subidas en pensiones y salario mínimo; sus socios quieren distanciarse para recuperar protagonismo y para ello piden retóricamente mucho más al Gobierno, que tiene las manos atadas con Bruselas; y la derecha, aunque sumida en el PSD en una crisis de liderazgo y en el CDS en la implosión misma del partido, ha tenido unos resultados más que positivos en las presidenciales y una derrota feliz en las elecciones locales; y vuelve a soñar con el gobierno. Además, está Chega (Basta), el partido del populista André Ventura, una de las sorpresas de las elecciones de 2019, que gracias a sus resultados en las presidenciales de este mismo año sueña con convertirse en la tercera fuerza política del país y desbaratar por completo el tablero político portugués. La fortuna ha dado la espalda a Costa y el virtuoso de las salidas imposibles ha visto con estupefacción que su segundo Gobierno se truncaba a mitad del camino.

En medio de todo esto, algunos quieren ver en lo que ocurre en Portugal un aviso de lo que puede pasar en España si la izquierda no mantiene su unidad, lo que produce cierto embarazo por la cándida ignorancia que manifiestan tales deseos píos; mientras que los portugueses viven este proceso con la desazón propia de los que adivinan que su país va de cabeza a convertirse en lo que es España hoy: un país ingobernable.