Nostalgias portuguesas

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Este viernes 25 de abril se cumplen cuarenta años del golpe de Estado que acabó con el Estado Novo luso e inició un proceso de cambio político que daría lugar a la actual democracia portuguesa. La celebración de la efeméride, como no podía ser de otra manera en la cultura del país, viene envuelta en la nostalgia y en la melancolía, expresión lastimera de una sociedad que no solo atraviesa una profunda crisis económica sino que ha llegado también a la crisis de la edad madura de su democracia.

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Ángel Rivero. Universidad Autónoma de Madrid

 

Este viernes 25 de abril se cumplen cuarenta años del golpe de Estado que acabó con el Estado Novo luso e inició un proceso de cambio político que daría lugar a la actual democracia portuguesa. La celebración de la efeméride, como no podía ser de otra manera en la cultura del país, viene envuelta en la nostalgia y en la melancolía, expresión lastimera de una sociedad que no solo atraviesa una profunda crisis económica sino que ha llegado también a la crisis de la edad madura de su democracia.

Los que entonces eran protagonistas de aquella aventura de innovación política o han fallecido o son hoy ancianos, y la autoridad de estos últimos se ve cuestionada por la realidad áspera del presente. Como en otros países europeos, la clase política ha de cargar con una responsabilidad sobresaliente por las dificultades de hoy: por sus decisiones erradas pero también, va con el oficio, tiene que acomodar los desahogos de una sociedad que quiso disfrutar de una inédita abundancia y cuyos excesos se han disipado como la neblina de una breve mañana. Y como Portugal es un país que quiere y que vive sus mitos políticos con pasión, como puede verse en Mensagem de Pessoa, la pulsión mítica del momento fundacional de la democracia portuguesa empapa la celebración de este año.

Portugal hizo del 25 de abril la fecha climatérica de su historia actual pues en ella se condensaban dos acontecimientos fundamentales: por una parte, el derribo, por los capitanes del Movimiento de las Fuerzas Armadas, de la dictadura de Marcello Caetano, prolongación de una dictadura que había sobrevivido a su creador, Antonio de Oliveira Salazar, apartado del poder en 1968 y fallecido ignorante de su deposición en 1970; por otra, la celebración un año después de las primeras elecciones democráticas del país, que resultaron en una impresionante participación política y en una no menos impresionante victoria de las fuerzas de la democracia sobre las de la revolución. Desde entonces Portugal vive dividido entre dos hermenéuticas del mito fundacional: la de los que sostienen que los militares dieron al pueblo la democracia; y la de los que defienden que la democracia la realizaron los portugueses ejercitándola.

Los primeros, los defensores del bonapartismo revolucionario, situados a la izquierda del Partido Socialista, expresan estos días su nostalgia por un nuevo Sebastián, que saliendo de la niebla desembarque en el Terreiro do Paço y salve a Portugal. Los segundos, el bloque democrático, situado a la derecha del partido socialista, han de sobrellevar la pesada carga de la responsabilidad democrática en tiempo de crisis, sin que ningún mito les ampare: Portugal habrá de salvarse a sí mismo. El viernes 25 de abril pasará, se celebrará el cuarenta aniversario, y Portugal seguirá su vida habitual: unos suspirando por el mito; y otros, la mayoría, dando continuidad a una democracia madura que precisa renovarse.

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