Nota Editorial

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Puede que sea el fin de un ciclo. Llámese como se quiera. Lo cierto es que la derrota del Partido Socialista en tres elecciones autonómicas consecutivas no puede ser despachada con el rutinario rechazo a extrapolar resultados. Porque si los resultados para los socialistas son malos, lo que implican es aún peor. El Partido Socialista es una estructura que se va vaciando en favor de un proyecto personal de poder. Un proyecto en el que convergen la herencia política de Zapatero con una circunstancia única en la que Sánchez se ha visto libre de las restricciones presupuestarias e institucionales que han tenido que afrontar sus antecesores. La pandemia y la guerra han determinado situaciones de excepción que han exigido recursos –en el caso de la pandemia–, restricciones, legislación y políticas extraordinarias.

Sánchez resulta inimaginable gobernando en la normalidad. Ni el trato a la oposición a la que deslegitima sistemáticamente, ni la desviación respecto a estándares europeos básicos sobre Estado de derecho, ni su pretensión presidencialista se corresponden con actitudes y prácticas de normalidad democrática en el marco de un régimen parlamentario. Por eso su gran batalla política es una carrera contrarreloj para poder culminar la legislatura antes de que la Unión Europea restablezca una cierta disciplina fiscal, antes de que se compruebe el verdadero recorrido de sus compromisos internacionales asumidos en la cumbre de la OTAN, antes de que el Partido Popular consolide su ventaja.

Sin embargo, Sánchez es un problema que va más allá del tiempo y de la incertidumbre. En el fondo, todo lo que contribuya a la excepcionalidad será bienvenido por Sánchez. Todo lo que signifique retorno a la normalidad institucional, a la prudencia fiscal, a la rendición de cuentas, circula en sentido contrario a esta política basada en la alianza con el extremismo y la radicalidad que vive y se mantiene en la excepción. Ahora bien, los socios no son el único problema de Sánchez. Él mismo debería empezar a percibir que él es el problema. Se ha creado un muro contra el que se estrella cualquier intento de recobrar la credibilidad con la que un político tiene que comparecer a unas elecciones.

La manida excusa de que el Gobierno hace las cosas muy bien, pero no sabe comunicarlas, oculta la verdadera carencia: que los ciudadanos –o al menos, muchos de ellos– simplemente no creen a Pedro Sánchez. No les impresiona su recitado de medidas progresistas, ni le atribuyen a su generosidad el alivio que puedan sentir en su situación. Más allá de las clasificaciones estadísticas, saben lo que significa ser fijo discontinuo y encuentran escasos motivos para alimentar el triunfalismo del Gobierno. Y detectan una brecha demasiado grande entre su realidad y la que retratan los portavoces oficiales. Desde luego que bastantes siguen sin explicarse la complicidad del PSOE con sus socios secesionistas vascos y catalanes, y recuerdan los compromisos de Pedro Sánchez estableciendo de manera inconsciente una relación directa entre el énfasis con que el presidente del Gobierno afirma sus compromisos y la probabilidad de que los incumpla, salvo, naturalmente, los adquiridos en secreto con Marruecos.

La ronda de entrevistas que Sánchez ha concedido después de la cumbre de la OTAN –sí, un éxito– no hace más que abundar en esa impresión de verbo impostado, de cuento para incautos o de admirada autocontemplación. En realidad, cuando se tienen las carencias de credibilidad que Sánchez deja expuestas, la sobrexposición mediática, lejos de repararla, la agrava porque somete a la audiencia que rechaza el caldo a tener que soportar taza y media.