Peshawar no puede olvidarse 

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Por un instante el silencio se ha roto. El atentado contra una iglesia de Peshawar, que dejó casi 100 muertos el pasado 22 de septiembre, ha puesto en el centro de la actualidad internacional momentáneamente la situación de la comunidad cristiana en Pakistán. «

Fernando de Haro es autor de Cristianos y Leones y periodista.

 

Por un instante el silencio se ha roto. El atentado contra una iglesia de Peshawar, que dejó casi 100 muertos el pasado 22 de septiembre, ha puesto en el centro de la actualidad internacional momentáneamente la situación de la comunidad cristiana en Pakistán. Desde hace décadas los cristianos de ese gran gigante, el segundo país de mayoría musulmana más poblado, sufren una persecución de la que a menudo en Occidente no se habla. Ha sido el peor atentado contra los bautizados pero la historia comenzó hace tiempo.

Nawaz Sharrif, que volvió al poder con su Liga Musulmana, tras las elecciones de mayo, ha sido incapaz de reducir el terrorismo religioso y sectario. El verano ha sido especialmente sangriento y no parece que el anuncio de un diálogo con los talibanes haya dado buen resultado. Sharrif está al frente de un país con 180 millones de habitantes, decisivo geoestratégicamente por ser puerta de paso entre Oriente Medio y el resto de Asia. Un Estado en conflicto con la India desde su creación, que sufre la política de décadas en favor de las madrazas islamistas, controlado en la sombra por el ejército y desestabilizado por los talibanes.

Toda esa suma de contradicciones se ha cebado especialmente sobre la espalda de la minoría cristiana, un uno por ciento de la población. El ejército, desde los 70, ha alentado una islamización política para reforzar el sentimiento nacionalista. La ley contra la blasfemia, promulgada por el general Zia-Ul-Haq en 1986 ha sido una de las herramientas de esa política y se ha convertido en una pesadilla para los cristianos. Ninguno de los gobiernos democráticos la ha derogado.

La ley contra la blasfemia es un instrumento para cercenar la libertad porque en realidad en muy pocos casos se aplica con las garantías jurídicas básicas. Entre 1986 y 2010 han sido acusadas con esa norma más de 900 personas, la mayoría sin la más mínima prueba. No es extraño que algunos de los detenidos o acusados sean asesinados en las calles, en las cárceles o en los tribunales, antes de que se pronuncie sentencia, por las multitudes exaltadas. Los jueces tampoco ofrecen muchas garantías. La oposición a la ley de la blasfemia provocó que en 2011 fuera asesinado el gobernador del Punjab, Salman Taseer, y el ministro cristiano para las Minorías Religiosas, Shahbaz Bhatti. Desde 2009 mantiene en prisión a una campesina, Asia Bibi, cuyo único delito ha sido no abjurar de su bautismo.

Parece que tras la tensión por cómo se produjo la muerte de Bin Landen, el secretario de Estado de Estados Unidos, quiere recomponer las relaciones con Pakistán. Convendría que la libertad de los cristianos entrara en esa agenda. Las estrategias de reconstrucción nacional de Occidente en Oriente Próximo se han hecho sin tener en cuenta el papel decisivo que las minorías cristianas juegan para el desarrollo de una auténtica democracia plural. Por ese motivo, y porque la comunidad internacional no puede tratar el derecho a la libertad religiosa como un derecho de menos importancia que otros, el ataque del general Zia-Ul-Haq no puede olvidarse. Es uno de muchos.»