Rusia, Ucrania y el retorno del equilibrio europeo

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El año 2015 vio el bicentenario de la celebración del Congreso de Viena, una efeméride que pasaría totalmente desapercibida a pesar de la relevancia del suceso, como evento propio de una etapa olvidada para los líderes europeos o convertida en mero instrumento legitimador del proceso de integración europeo puesto en marcha tras las dos guerras mundiales. Este periodo histórico se caracterizó por una competencia continuada entre grandes potencias que buscaban garantizar su seguridad y aumentar su poder. El equilibrio del poder se convirtió en la principal garantía que evitase que una única potencia dominase el continente.

A pesar de que esta política de equilibrio continuó prácticamente durante toda la Guerra Fría –si bien con la participación de agentes externos como Estados Unidos–, los líderes europeos consideraron que este sistema de relaciones internacionales era un anacronismo propio de épocas pasadas. Elemento que se acentuaría con la post-Guerra Fría y los años noventa. Un periodo en el que Estados Unidos seguiría siendo el garante de la seguridad europea y la debilidad de potencias como Rusia o la focalización de China en cuestiones internas imposibilitaban cualquier desafío a un orden internacional unipolar.

Esta situación se mantendría con pocos cambios en el escenario europeo y los conflictos únicamente afectaron a escenarios periféricos como los Balcanes, en los que la debilidad de Rusia impidió cualquier defensa efectiva de aliados como Serbia y permitió a la OTAN expandirse como instrumento de consolidación de las nuevas democracias que surgirían del antiguo Bloque Soviético. Sin embargo, los años posteriores a la Guerra de Irak demostrarían que este efecto fue solo una ilusión y que el Equilibrio Europeo seguía existiendo a pesar de que los líderes europeos no fuesen capaces de verlo. Las revoluciones de colores, la reacción rusa a la posible adhesión de Georgia y Ucrania a la OTAN o la propia Guerra de Osetia del Sur así lo demostrarían.

Esto quedaría confirmado por los acontecimientos de 2014 y la caída del presidente Yanukovich, cuando cualquier tipo de equilibrio preexistente se rompió, en parte por la incomprensión europea hacia las demandas rusas y por la dejación estadounidense hacia un supuesto de relevancia estratégica menor. Sin embargo, la reacción rusa planteó definitivamente un cambio de época que marca los acontecimientos actuales y ha preparado el terreno para la vuelta al centro de la agenda de un sistema de relaciones internacionales que los líderes europeos habían considerado desaparecido de Occidente. Aun así y hasta 2022, las presiones de las sucesivas Administraciones Obama, Trump y Biden para el incremento en Europa del gasto en defensa fueron ignoradas e incluso se planteó en reacción una suerte de “autonomía estratégica” sin base real para su implementación.

El 24 de febrero de 2022 las tropas rusas invaden Ucrania. Las motivaciones de esta invasión son variadas, pero no cabe duda que las cuestiones de seguridad nacional para Rusia han sido una parte importante de esta reacción, a la luz de las reiteradas críticas hacia la expansión de la OTAN por parte de las élites rusas y al temor generado en Rusia por las consecuencias de una posible incorporación de Estados como Ucrania o Georgia a la Alianza Atlántica. Estados Unidos y la OTAN no aceptaron negociar el estatus de neutralidad de Ucrania y el presidente Putin ni siquiera esperó a la reunión fijada con Joe Biden para tratar el asunto. Y si bien la responsabilidad del presidente ruso en lo sucedido es determinante, los líderes occidentales también pueden ser criticados por su falta de sinceridad con los líderes ucranianos sobre las perspectivas reales de acceso de este país a la Alianza, a efectos de haber conseguido una solución negociada.

La decisión del presidente ruso no ha dejado de ser arriesgada. Tal y como era previsible, después de lo acontecido en 2014, la resistencia ucrania ha sido mayor a la esperada y el intento por Rusia de acometer una ofensiva rápida que condujese a una rápida rendición ucraniana y a un proceso de negociaciones ha fracasado en primera instancia. A partir de este momento, una guerra perpetrada en espacios urbanos, donde la resistencia del ejército ucraniano es más fácil a pesar de su desventaja material y numérica, puede imponer un elevado coste al ejército ruso, que tendrá que recurrir a medios más contundentes para dominarla. Ello también tendrá costes en el ámbito de la imagen y prestigio de Putin a nivel interno e internacional y ha revitalizado sin duda el papel de la OTAN. Con todo, y aun en el caso extremo de que el presidente ruso saliese del poder, no está nada claro que su sucesor tuviese una política o visión muy diferente de los asuntos internacionales.

En el plano internacional, Estados Unidos y sus aliados han impuesto una amplia política de sanciones cuya efectividad se daría en el largo plazo y que afectan a una gran pluralidad de aspectos en el ámbito político, económico, comercial, tecnológico e incluso deportivo. Además, tanto Estados Unidos como la Unión Europea han prometido proveer de armas al ejército ucraniano, aunque no enviarán tropas ni se enfrentarán en campo abierto contra ellos.

Si bien la entrega de armamento a Ucrania sería una medida adecuada para incrementar los costes para Rusia y disuadirla de emprender otras operaciones de este tipo. La política de sanciones es otra cuestión totalmente diferente. Pensada para producir costes a largo plazo, los países occidentales están arriesgando sus propios objetivos estratégicos en una gran pluralidad de ámbitos en materia de seguridad nacional en los que el concurso de Rusia es necesario. De Irán a Corea del Norte, de Siria a Libia, de Venezuela a los acuerdos de desarme o a la lucha antiyihadista. Rusia es, asimismo, una de las dos potencias nucleares más importantes del planeta y un miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, por tanto, con derecho a veto. No parece, por tanto, más por razones políticas que económicas, que el paquete de sanciones aplicado sea sostenible en el tiempo. Y tampoco que Occidente sea capaz de convencer a las potencias emergentes para que le acompañen en esta aventura.

La guerra ha empezado a plantear algunos cambios en el escenario europeo, si bien no tanto en el caso español. Alemania ha empezado a plantear cambios estratégicos en su política tradicional de defensa y la UE ha impulsado un plan de sanciones y su participación en la venta de armamento o las labores de inteligencia. Sin embargo, esos cambios llevan tiempo, pueden generar resistencias y no demuestran necesariamente ningún tipo de recuperación de avance si los líderes europeos no son capaces de pensar estratégicamente o de jerarquizar intereses. Tampoco dan una solución a aquellos que plantean –planteamos– que la Unión Europea no es la entidad idónea para gestionar la política exterior y de defensa y que un marco de cooperación interestatal o el propio marco de la OTAN serían más interesantes ante la divergencia de políticas e intereses.

Las dos consecuencias más importantes del conflicto son, en primer lugar, el retorno de un sistema de relaciones internacionales que los europeos consideraban olvidado. Si quieren tener algún tipo de relevancia global tendrán que adaptarse a un mundo más acorde con la visión del realismo político que del liberalismo al que estaban acostumbrados. La segunda, consecuencia del anterior, es que en caso de mantener la actual política hacia Rusia una vez pasado el conflicto, China será la gran reforzada en su pugna por el liderazgo en el sistema internacional frente a Estados Unidos y dispondrá a su favor de una Rusia cada vez más dependiente y que se acomodaría mejor a sus intereses. Los objetivos estratégicos de Occidente a más largo plazo se verían, por tanto, en peligro.

El Equilibrio Europeo ha vuelto para quedarse. Pero seguimos sin saber si los líderes europeos, a pesar de toda la fanfarria y el triunfalismo prematuro que han acompañado a su actuación inicial en el conflicto están listos para este reto regional y mucho menos para el global, que será el siguiente escenario.


Juan Tovar es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Burgos