Se busca presidente para gobernar un país roto en bloques

Análisis
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El domingo 10 de abril se ha celebrado la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, las undécimas en las que se elige al jefe del Estado de la República francesa desde la aprobación de la Constitución de 1958. Y a pesar de todos los análisis previos que anunciaban un cambio de protagonistas con respecto a las anteriores elecciones presidenciales en 2017, lo que podemos observar claramente tras el recuento de los sufragios es la repetición de los dos candidatos que pasan a la segunda vuelta prevista para el próximo domingo 24 de abril, Emmanuel Macron y Marine Le Pen. El actual inquilino del palacio de El Elíseo ha obtenido un claro triunfo, con más de 9,7 millones de votos y el 27,6% del total emitido. Y la líder de Rassemblement National pasa como segunda candidata más votada, con algo más de 8,1 millones de votos y un 23,4%. Ambos personajes, por tanto, protagonizarán como hace 5 años la campaña de los próximos 14 días y se enfrentarán de nuevo por la primera magistratura de la República en la segunda vuelta.

Sin embargo, a pesar de esa clara continuidad entre los vencedores, todo aparece distinto en el panorama político francés, arrasado por una serie de fenómenos políticos y sociales que han cambiado la relación de fuerzas electorales. El tercer candidato según la voluntad del electorado ha sido el líder de La France Insoumise, Jean Luc Melenchon, eliminado del proceso electoral a pesar de su remontada final y de alcanzar 7,7 millones de votos y el 21,95% de los votos de la jornada electoral. Y, en cuarto lugar, la revelación política de estas elecciones, el polémico tertuliano televisivo, Eric Zemour, quien ha obtenido 2,4 millones de votos con su programa de máximos en inmigración y nacionalismo francés, sacando votos de las clases conservadoras y perjudicadas de las reformas que han cambiado la economía del país desde 1975.

Los grandes perdedores de la noche electoral son los partidos tradicionales del sistema político de la V República. El partido Les Républicains, la derecha gaullista y liberal, quedó relegado a una quinta posición electoral, algo impensable antes de este año, reducido a 1,6 millones de votos (4,8% del total) apoyando a una candidata con poder institucional, Valerie Pecresse, la presidenta de la región más rica, importante y dinámica de la Nación, Ile de France, la región capital. Esa buena gestión, ese poder institucional y el impulso mediático no le han servido de nada, atrapada entre las querellas internas de su partido, las maniobras extractivas de sufragios de sus rivales durante los últimos cuatro meses y la indiferencia de los votantes ante sus propuestas y su programa electoral. Todavía peor le ha ido al Partido Socialista Francés (PSF), cuya candidata, la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, se ha visto derrotada por la irrelevancia de su candidatura presidencial, sus malas cifras demoscópicas en la gestión de su gobierno, el enorme descrédito del coste de las obras vinculadas a los Juegos Olímpicos de 2024 y la división del campo del centro izquierda en la actualidad. Esa tormenta perfecta ha provocado que Hidalgo haya acabado hundida en la décima posición (de los doce candidatos presentados), recogiendo solamente 610.000 votos que suponen el 1,7% del total. Los resultados de las dos candidatas de los partidos tradicionales son los peores resultados históricos de ambas formaciones que todavía mantienen un importante poder institucional, ya que actualmente se reparten el poder de las 13 regiones metropolitanas francesas. El fracaso electoral es de tal calibre que ambas formaciones no pueden acceder a las ayudas públicas para pagar los gastos de la campaña electoral de esta primera vuelta de las Presidenciales 2022, lo que ha generado desde el día siguiente una apelación pública ante los medios de comunicación para obtener fondos antes del próximo día 15 de mayo y poder hacer frente a los préstamos recibidos para los gastos de campaña, algunos avalados con préstamos personales.

Parecido mal resultado han obtenido los candidatos ecologista y comunista (Yannick Jadot y François Roussel respectivamente) quienes, siendo los representantes de partidos con importante poder institucional, se han visto también reducidos a un 4,6% y a un 2,5% de los votos recontados, y batidos ampliamente por el candidato más histriónico y radical, pero muy mediático, como es Melenchon y sus jóvenes colaboradores. Los cuatro candidatos restantes, dos conservadores y dos de izquierda muy radical, se han tenido que mover en cifras bajas e irrelevantes para el resultado electoral final.

El análisis político de estos resultados es todavía parcial, en espera de lo que se consolide en la segunda vuelta de las Presidenciales del próximo 24 de abril, así como de las elecciones legislativas convocadas para el próximo mes de junio. Lo que ha quedado claro es que se han producido unos movimientos demoscópicos de amplio calado en la sociedad francesa. El vencedor y candidato mejor posicionado para la reelección, Emmanuel Macron, ha tenido éxito en su estrategia de mantener la coalición que le llevó al poder en 2017, obteniendo votos de los antiguos votantes del socialismo moderado francés (PSF, PRG o MRC) y de los partidos de centroderecha como LR/UMP, UDI, Modem o Soyons Libres. Lo que, unido al poder que le concede el ocupar el centro del poder nacional, la presidencia de la República, ha movilizado hacia su candidatura el atractivo de ser la única que puede vencer a la extrema derecha y evitar que los extremistas puedan cambiar el rumbo de una Francia central en la UE y en la política internacional, basada en su posición como miembro permanente con derecho a veto del Consejo de Seguridad de la ONU.

El choque de bloques quedaba asegurado en todas las encuestas desde hace ya más de 15 meses, cuando surgió la posibilidad de que parte del voto se viera afectado con el movimiento contestatario de los “gilets jaunes” o “chalecos amarillos”, que había mostrado a amplias capas de la sociedad francesa las carencias sociales del programa de gobierno de los primeros ministros Edouard Phillipe o Jean Castex, apareciendo estos como simples ejecutores de una política que dejaba al margen las demandas de los pequeños empresarios, arrendadores y rentistas privados, autónomos y jóvenes con empleos precarios y bajos sueldos, quienes salían cada sábado para protestar por las diferentes leyes a debate en la Asamblea Nacional que, según su opinión, eran perjudiciales para sus intereses. La candidatura de Macron de este modo ha sabido ser la mayoritaria en Francia, ganando en más de 50 departamentos metropolitanos y en las principales ciudades, como París, Lyon, Estrasburgo, Nantes, Rennes o Burdeos, y adelantando en más de lo esperado por los expertos a la segunda candidatura más votada el domingo 4 de abril.

Enfrente, el bloque de la extrema derecha también se vio sacudido en este contexto, apareciendo una división interna ante la falta de decisión de su líder, Marine Le Pen, que acabó alumbrando la aparición de un candidato más duro en su crítica al gobierno de Macron y a la situación de la sociedad francesa actual, Eric Zemour. Este periodista y tertuliano de origen judío presenta a la sociedad francesa actual sumida en una parálisis ante los retos que la amenazan en su esencia misma, como la globalización, la internacionalización en la Unión Europea o la OTAN de las políticas consideradas tradicionalmente de Estado, la inmigración o el cambio climático. Como reacción, RN y su líder tuvieron que posicionarse en un marco nuevo, entre los conservadores gaullistas y los partidarios de Zemour y su nuevo partido Reconquête. De este modo, Le Pen apareció como una política posibilista, que desistía de algunos postulados extremos de su plataforma electoral de 2017, como la renuncia al euro y la vuelta al franco francés, su rechazo frontal a la llegada de nuevos inmigrantes que fueran parte de la fuerza laboral del país o el desprecio a las nuevas políticas vinculadas al ecologismo o algunos de los derechos de los ciudadanos LGTB+, como el matrimonio homosexual, aprobado legalmente en 2013. Este movimiento hacia el centro le hizo ganar votos entre los electores de LR, sumido en sus batallas internas por el liderazgo de la formación desde la caída de François Fillon en enero de 2017. Debido a este desplazamiento de los bloques, Le Pen ha sabido achicar el espacio de diferenciación entre los conservadores y los miembros del gobierno liberal europeísta de La Republique en Marche, haciéndoles aparecer como meros apéndices de la política del gobierno. Eso ha hecho mejorar sus resultados electorales entre las clases medias, obteniendo muy buenos resultados en los antiguos feudos conservadores, como Borgoña-Franco Condado, Grand Est (Champaña, Alsacia y Lorena), Altos de Francia (sobre todo en Picardía) o Ródano-Alpes. A esto se une que ha podido aumentar su representación en la zona oeste de Francia, hasta 2021 una zona complicada para los representantes de RN, como Aquitania, Occitania, Pays de la Loire o Poitou-Charante. Y al mismo tiempo, aunque ha perdido voto derechista a favor de la candidatura de Zemour, ha mantenido la victoria en sus feudos de Provenza, Norte-Paso de Calais, Córcega y la costa mediterránea francesa hasta Rosellón. A pesar de su buen resultado entre las bases gaullistas, la candidata de LR, Valerie Pecresse, lanzó la misma noche electoral el mensaje de rechazo hacia los postulados políticos de RN, avisando de que el proyecto de Marine Le Pen llevaría a Francia a la discordia social, la impotencia política y la quiebra económica. Y afirmó que “su proximidad a Vladimir Putin la desacredita para defender los intereses de Francia en estos tiempos trágicos que vivimos. Su elección llevaría al desvanecimiento de Francia en el escenario europeo e internacional”, lo que llevó a la presidenta de Ille de France a anunciar que ella votará a Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las Presidenciales para evitarlo, manteniendo el frente republicano unido frente a una extrema derecha que obtuvo su mejor resultado de siempre en la primera vuelta, con un 33% del total de votos emitidos.

Ese aumento del voto a Marine Le Pen en el centro ha sido la clave para desactivar el aumento del voto de la extrema izquierda, bajo el paraguas de la candidatura de Jean Luc Melenchon, quien se presentaba a presidente por tercera vez y ha obtenido los mejores resultados de su carrera política, pero aún así ha quedado eliminado de la segunda vuelta a falta de medio millón de votos para desbancar a Le Pen. Melenchon ha sabido atraer los votos de la izquierda socialista, ecologista, comunista y hasta antisistema, reduciendo el mensaje de sus rivales a la irrelevancia. Si bien es cierto que, en la noche electoral, la extrema izquierda obtuvo un 26% de los votos emitidos, (con una participación nacional del 74,8%) quedan eliminados de poder alcanzar la primera magistratura de la Nación. La France Insoumise ha ganado en la región de Ille de France (a pesar de que su presidenta era la candidata de la derecha), en 5 departamentos y entre los jóvenes de entre 18 a 34 años.

Melenchon ha defendido en todo momento que los temas que importaban a los franceses eran los mismos que su campaña situaba en el centro del debate, como el nivel de vida, la sanidad, el medio ambiente, el empleo, la educación, las desigualdades y la protección social. Su campaña ha marcado los temas de debate a todos los demás candidatos, de izquierda y derecha, excepto a Macron, que supo usar su puesto presidencial para aparecer por encima de estos candidatos dedicados a hablar mientras él viajaba a Moscú o a Bruselas para resolver los grandes problemas de la política internacional. Y como candidato de La France Insoumise ha estado acusando a Le Pen y Zemour de fomentar el odio contra capas enteras de la sociedad y de agrandar la división entre las diferentes clases sociales de Francia.

Finalmente, el debate se cierra en torno a una importante pregunta, cuya respuesta llegará el día 24 de abril: ¿quién será elegido presidente de Francia, tanto por la izquierda como por la derecha? Estamos en un momento en el que la división progresismo-conservadurismo ya no funciona en la política mediática de masas. Vemos un choque de bloques diferentes –con entre un tercio y un cuarto de la sociedad francesa– en un momento en el que también aumenta la abstención hasta superar el 25% de los electores. Si Francia quiere superar este choque de bloques para volver a una política reformista y constructiva que la mueva de la parálisis actual, que pueda presentar un proyecto de futuro, tanto a nivel interno como en la política europea, deberá encontrar a un presidente constructor de mayorías, algo difícil de conseguir en este momento. La campaña electoral acaba de reactivarse, apareciendo nuevas propuestas por ambos lados y los apoyos de los representantes políticos han quedado claros. Es el momento de los ciudadanos, que deben escuchar, valorar y elegir bien por su bien y el de toda Europa en estos momentos de zozobra. Es un reto global, y la resolución la veremos pronto.


Eduardo Inclán es analista político y mâitre en Historia por la Universidad de Toulouse II- Jean Jaures