Las ovejas que escapan

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Con lo único que se puede amenazar a una oveja que quiere escapar es con hacerla regresar al corral, pero si la atrapan ya no volverá a formar parte del rebaño.

Autora del blog “Generación Y”, defensora de la libertad para Cuba

 

Con lo único que se puede amenazar a una oveja que quiere escapar es con hacerla regresar al corral, pero si la atrapan ya no volverá a formar parte del rebaño. Porque el corral tiene límites físicos, alambradas y cerrojos, pero el rebaño es una abstracción matemática, un número que se deshace con la voluntad común de los participantes en la suma. Basta que un individuo renuncie a seguir pagando con libertad lo que deberían ser derechos respetados para que el incautador de su soberanía ya no pueda seguir arrebatándosela. En muchos lugares de este planeta, los ciudadanos nos hemos dado cuenta de que a cambio de supuestos beneficios, pero también por inercia o desinterés en la política, hemos dejado en manos de unos pocos las decisiones que corresponden a muchos. El redil que nos han montado ha sido levantado en algunos casos con férreos considerandos ideológicos, en otros, bajo los imperativos del consumismo y la corrupción. De una manera u otra, muchos hemos quedado encerrados entre esos muros.

Sin embargo, vivimos tiempos de despertar conciencias. Tiempos de cuestionar y replantearnos todo. Crisis le llaman algunos. Parto, preferimos decirle quienes sabemos que el dolor y la ruptura son indispensables para el alumbramiento de una nueva vida. Asistimos al fin de una era, de varios siglos en que ciertos individuos se creían iluminados, capaces de tener en sus manos todas las soluciones y todos los castigos para dirigir una nación. Esa época felizmente está terminando. Este es el momento de la gente común, de los pequeños, de los que ya no queremos seguir siendo tratados cual ovejas. Amén de las diferencias regionales y políticas, los ciudadanos de la aldea global hemos encontrado puntos en común de nuestras cruzadas por la libertad. Un indignado en España, un manifestante en Brasil, un disidente en La Habana… la eterna búsqueda de mayores espacios de expresión y mejores condiciones de vida.

Como periodista y persona que trabaja con la información y la palabra, considero que el derecho a la libre expresión y el derecho a la libre asociación, claramente expresados en una base jurídica sólida, son la garantía para que el resto de los derechos sean respetados. De nada vale que haya leyes que garanticen el derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la igualdad, si no es posible protestar por su incumplimiento; si no se permite a las personas organizarse civilizadamente para demandar que se respeten. La posibilidad de la queja, de señalar con el dedo lo que no nos gusta, resulta condición inseparable de un clima de libertades ciudadanas, donde el individuo no tiene que subastar su libertad a cambio de subsidios y privilegios.

Las dictaduras y los regímenes totalitarios no pueden sobrevivir donde estos derechos se practiquen plenamente; es más, por definición, donde estos derechos se cumplen no es lícito hablar de dictadura. Para suprimir o reducir estas libertades fundamentales, los gobiernos dictatoriales apelan a la fuerza de las armas o la persecución policial; invocan la seguridad nacional, establecen estados de emergencia permanente y, controlando los medios de difusión, terminan desacreditando a estas libertades como si se tratara de enfermedades o perversiones. Quizás el más sofisticado recurso que usa un opresor para enmascarar los efectos de la represión es mostrar la relación con sus oprimidos como una especie de pacto de amor. De manera que la sumisión –conquistada por la vía del dolor o del miedo–, tenga el respetable rostro de la generosa entrega que se hace por afecto a otra persona, por fe a una religión o por convicción con una causa política.

Muchos de esos autoritarismos se enmascaran tras procesos de salvaguarda de la soberanía nacional, que una vez en el poder terminan por dinamitar la autonomía ciudadana. La libertad pasa a ser una palabra obscena, mencionada en voz baja y anhelada en la intimidad de las casas. Los ciudadanos entregan su soberanía individual y se dejan encerrar en el corral del paternalismo y el control. Todo eso conduce al robustecimiento de la jaula. Sin embargo, siempre habrá una persona, cientos, miles de ellas, que se dan cuenta de que vale mil veces más el riesgo de la independencia cívica e individual, que los menguados subsidios o los confortables privilegios del encierro. Vivimos el tiempo de las ovejas que escapan.